• Pedro Cayuqueo

Diálogo inconcluso entre un mapuche y un taxista

¿Dónde situar el origen del racismo de tantos chilenos? ¿Educación? ¿Entorno social? ¿Experiencias de vida? ¿Los medios de comunicación?



Aeropuerto Maquehue. Tras dos semanas fuera de Chile arribo a Temuco. Llueve a raudales, como casi siempre. Abordo un radiotaxi rumbo al centro de la ciudad. “Mala cosa esto del clima… apenas pudo aterrizar su vuelo”, me dice el taxista, tratando de entrar en conversación con tal vez su primer cliente del día. “No lo crea”, le respondo. “Donde estaba hace unos días no paraba de transpirar, hasta cierto punto extrañaba la lluvia y el frío”, agrego.

Intrigado me pregunta de dónde vengo. “De Bolivia, específicamente de Santa Cruz, en el oriente”, le respondo. “Ahhh… mire usted, Bolivia… es allá donde tienen a un indígena de Presidente, ¿cierto?… ¡ése que lesea con el temita del mar!”, añade. ¿Qué piensa de Evo Morales?, me pregunta. Le explico que en Bolivia hay diferentes visiones sobre su mandato y su figura. Cuando estoy a punto de dar la mía, interrumpe.

“Fijese que aquí en Temuco también los indios andan alzados… todos los días lesean, se toman los fundos, cortan los caminos, se agarran con carabineros… ¡qué gente más ociosa!, si les entregaran las tierras ni sabrían qué hacer con ellas, sería como entregarle una locomotora a un niño… ¡si ésta gente nunca ha trabajado, son flojos, así es su naturaleza!”, sentencia.

Cinco, diez… quince minutos de viaje y la charla del taxista no cambia de tenor. “¡Si ya está bueno que la corten!”, subraya con evidente indignación. Intento a ratos que el monólogo dé pie a una conversación pero no hay caso. El viaje llega a su fin. “¿Cuánto le debo?”, pregunto. “Son tres mil pesos, mi caballero… y aquí tiene mi tarjeta, pa’ la próxima”, me dice amable. Descargo maletas y me despido. Y ya rumbo a casa, respiro.

Pasan los días y la conversación con el taxista ronda en mi cabeza. Me alarma un hecho en particular. No se trataba en absoluto de un neonazi criollo. Nada de corvos tatuados en el antebrazo, nada de esvásticas, ninguna marcha militar alemana en la radio. Si, multitud de fotografías de nietos (por su edad, sospecho), la Virgen del Carmen al costado del retrovisor y una calcomanía algo desgastada de Deportes Temuco en el parabrisas trasero.

Más moreno que muchos mapuche, sus rasgos delataban además un mestizaje familiar de larga data. Un chileno común y corriente en definitiva, amante de su familia y a sus años todavía esforzado trabajador. ¿Dónde situar el origen de su racismo? ¿Educación? ¿Entorno social? ¿Experiencias de vida? ¿Los medios de comunicación? Concuerdo que El Austral de Temuco puede alterar la percepción de la realidad, pero ¿tanto como transformar a un querendón abuelo en un racista furibundo?

No es el único, por cierto. Sospecho que decenas, cientos, miles de personas de similares ideas transitan a diario por las calles de Temuco. Y millones lo hacen por todo Chile. No son personas intrínsecamente perversas. ¿Qué hacer al respecto? ¿Pasar a la ofensiva? ¿A cada insulto racista responder con otro de mayor calibre? Alguna vez creí que aquel era el camino, lo reconozco. Ese tiempo ya pasó. No queda más que insistir en la oportunidad que otorga la palabra. O las letras, en este caso.

Qué ganas de llamar al taxista y cual Obama en la Casa Blanca junto al profesor afroamericano Henry Louis Gates y el policía blanco que lo detuvo por error, abordar nuestras diferencias junto a una ronda de cervezas. Explicarle tal vez que mi tatarabuelo, el lonko Luis Millaqueo, nació en un País Mapuche libre e independiente, siendo el cuarto hijo de una familia de prósperos comerciantes de ganado en el valle del Cautín.

Contarle que tras la invasión militar chileno-argentina fue arrinconado en un pedazo de tierra junto a los suyos, ello tras despojarlo el Ejército de Chile de los cientos de caballos que a sus 25 años ya comercializaba en sendas caravanas hacía y desde el Puelmapu, la “tierra mapuche del este”, el actual Neuquén de la República Argentina.

Contarle que de miles de hectáreas, al bisabuelo le “redujeron” sus tierras a miserables trescientos sesenta. Es lo que consigna el Título de Merced, fechado en 1904 y que legalizó el saqueo, el despojo y la miseria de quienes sobrevivieron a la derrota. Sin eufemismos, esos retazos de tierras fueron llamados “reducciones” por la ley chilena. Se crearon más de dos mil, bien lo sabe el ministro del Interior, Edmundo Pérez Yoma, que por estos días usa la cifra ante los medios para minimizar la cantidad de mapuche movilizados en el sur. “Son solo dos comunidades dentro de un grupo de más de dos mil las que han optado por el camino violentista”, ha repetido hasta el cansancio.

Contarle al taxista que lo que Pérez Yoma denomina “comunidades” son precisamente las “reducciones” donde los Pérez Yoma de la época encerraron a gente como mi bisabuelo y su extensa parentela. “Comunidades” las llama el ministro y nosotros muchas veces también, olvidando que fueron (y tal vez siempre serán) nada más que grises campos de refugiados.

Contarle también que en pleno siglo XX, mi chedki (abuelo materno) Alberto asumió como lonko heredando no solo el cargo, también la condena de no poder ser más que un agricultor de subsistencia, un campesino pobre. Contarle que el abuelo pasó gran parte de sus 76 años, sin saber leer ni escribir en castellano, recorriendo juzgados y oficinas públicas de la Araucanía, falleciendo de cáncer y de pena el lluvioso mes de julio de 1990.

Al igual que su padre y que el padre de su padre, el abuelo Alberto buscaba inútilmente recuperar parte de lo robado y así proyectar un mejor futuro para sus hijos y nietos allá en la reducción. No logró reparación alguna y en el esfuerzo se le fue la vida. Contarle que Jacinta, la mayor de sus hijas, era su regalona. Y que sufrió mucho al dejarla partir, a sus 17 años, a Santiago en busca de trabajo y mejores posibilidades de estudio.

Contarle al taxista que Jacinta, joven culta, brillante y buenamoza, sería mi madre. La misma que no dudaría en desechar una beca a Estados Unidos con tal de aportar a la educación de sus hermanos, trabajando de sol a sol como empleada doméstica. Y que allí, en el destierro hostil de la capital, siendo una veinteañera, conoció a mi padre y que allí, entre días libres ella, días franco del regimiento él, se acompañaron, enamoraron y a la primera oportunidad no dudaron en regresar juntos al sur, a su tierra.

Y que de esa unión, ya en los 70’, nacieron María Elena, Alejandra y el pasajero que aquel día de lluvia recogió en el aeropuerto. Contarle que Jacinta, aun enviudando poco después del retorno, se esforzó por transmitir a cada uno de sus hijos la disciplina del estudio y la ética del trabajo. También, el amor por su cultura y el respeto hacia su pueblo. No le resultó fácil y sus manos, atrofiadas hoy tras tanta amanecida cosiendo ropas ajenas, son el doloroso testimonio de su sacrificio.

Contarle que María Elena, la mayor, vive en Londres hace más de una década y es toda una ciudadana británica y del mundo; que Alejandra, la regalona de papá, destaca hoy en el campo de la medicina pero jamás se ha olvidado de visitar a las y los machi. Y que Pedro, su pasajero, transita por la vida como profesional del periodismo. O de la comunicación más bien dicho, pues entre “informar” y “poner en común” trato siempre de optar por lo segundo.

¿Será posible que usted y yo hagamos ese ejercicio, el de “poner cosas en común”?, preguntaría al taxista. ¿Será posible para usted ponerse en mi lugar y en el reconocimiento de la dolorosa historia que hoy comparto, respetarme y convivir juntos? ¿Existirá un sueño compartido entre los suyos y los míos que nos permita tratarnos como iguales en nuestra diferencia?

Tal vez sí exista. Tanto usted como yo adoramos por igual a nuestros hijos. Tanto usted como yo deseamos por igual una mejor vida para nuestras familias. Tanto usted como yo quisiéramos vivir en una región en paz. Tanto usted como yo, incluso, deseamos que Deportes Temuco tenga mejor suerte esta temporada. ¿Será posible, entonces, poner el acento en lo que nos une y no en aquello que nos fragmenta?

No me responda de inmediato. Antes quiero me hable de usted, de sus padres, sus abuelos, conocer también retazos de su historia. Atrévase, no tenga miedo. Las próximas cervezas corren por mi cuenta, le diría.



* Publicada en The Clinic, 2009.



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