• Pedro Cayuqueo

Memorias

Vivimos, todos lo sabemos, en una región con evidentes fracturas históricas y un conflicto que se hereda de generación en generación. Un conflicto que no solo es territorial; es ante todo cultural, un choque de relatos, una confrontación entre memorias.



Esta semana tuve el honor de inaugurar la XII Feria del Libro Usado organizada por la Universidad Mayor, un espacio lamentablemente único en su tipo en la ciudad de Temuco. Cuesta creer aquello. Que en la capital de la Araucanía, el territorio cuna de Jorge Teillier, Miguel Arteche y Juvencio Valle, pero también el suelo que cobijó a Neruda y la Mistral, exista apenas una actividad dedicada a las letras, los libros y sus autores. Un solitario oasis de cultura a los pies del emblemático cerro Ñielol.

No es trivial mi comentario. Vivimos, todos lo sabemos, en una región con evidentes fracturas históricas y un conflicto que se hereda de generación en generación. Un conflicto que no solo es territorial, de hectáreas más o hectáreas menos, o de seguridad pública, de un camión más o un camión menos. Es, ante todo, un conflicto cultural, un choque de relatos, una confrontación entre memorias. De ello trató mi charla ante los asistentes a la Feria del Libro, de las memorias en pugna en la región y cómo, desde muy antiguo, las escrituras locales las han retratado sin que pareciera existir mayor diálogo entre ellas.

Una memoria es la mapuche, rebelde y antigua. Hunde sus raíces en nuestra memoria oral. Y en heridas que todavía sangran y en dolores que pese al paso del tiempo aún persisten. Hablamos de una memoria prolífica que ha parido en la región a notables escritores y poetas, desde Manuel Manquilef a comienzos del siglo XX a Elicura Chihuailaf y Leonel Lienlaf en los tiempos actuales. Sin olvidar, por supuesto, al primer autor en retratar en la lengua de Castilla nuestra historia como pueblo, el soldado-poeta don Alonso de Ercilla y Zúñiga. Nuestra región le debe nada menos que su nombre, La Araucanía. No es poca cosa.


¿Con qué derecho los mapuche, que cultivamos la memoria con el mismo amor que nuestros campos, podríamos negar validez a estos otros relatos regionales, a estas otras memorias de quienes habitan hoy con nosotros este hermoso suelo? No podemos.

Otra memoria es aquella de los colonos que hicieron de esta tierra su segunda patria una vez finalizada la cruenta guerra al mapuche. Es una memoria también antigua, porfiada, que jamás ha dejado de añorar su origen y que cultiva el recuerdo tanto como los fundos heredados de sus abuelos. Españoles, franceses, italianos, suizos, alemanes y chilenos, la variopinta migración extranjera que a fines del siglo XIX transformó el Wallmapu en una verdadera Torre de Babel. Y también, para ser honesto con la historia, en un violento Far West donde -como escribió un viejo cronista de Temuco- la piedad nunca fue la norma.

Y existe una tercera memoria. Es aquella del chileno que arribó a La Frontera junto al ejército, recibió un pedazo de tierra en los nacientes poblados y más tarde se empleó como peón en los fundos de aquellos “gringos” de apellidos raros. Son los González y los Pérez, los habitantes criollos de una región incorporada ochenta años tarde al Estado y cuya memoria poco y nada tiene que ver con las anteriores. No son “indios” porque dicen descender de españoles y tampoco extranjeros porque aquella categoria sería exclusiva del “patrón” y sus colonias. Ellos son en La Araucanía los chilenos a secas. Los winkas, como les llamaba mi abuelo, no pocas veces con desprecio.

¿Con qué derecho los mapuche, que cultivamos la memoria con el mismo amor que nuestros campos, podríamos negar validez a estos otros relatos regionales, a estas otras memorias de quienes habitan hoy con nosotros este hermoso suelo? No podemos. Y allí el desafio al que nos enfrentamos todos los escritores regionales, seamos mapuche o no, expliqué a los presentes en mi charla. El desafío de hacer que estas tres memorias dialoguen, lograr que estas memorias se encuentren. Ya es hora de obrar el milagro. La confrontación y el desencuentro no pueden ser la herencia a legar a nuestros hijos.



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