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  • Pedro Cayuqueo

Mi lugar en este mundo

Un reciente viaje a Traiguén me hizo recordar el porqué, siendo un joven estudiante de derecho, opté finalmente por las letras y el periodismo.



La semana pasada estuve de visita en Traiguén, invitado por la Biblioteca Municipal y sus amables encargadas. Fue un emotivo reencuentro con una ciudad que no muchos saben forma parte de mi propia biografía. Hasta allí llegué, a fines de la década de los noventa, siendo un joven universitario de Temuco, a respaldar la lucha del lof Temulemu por sus tierras. Sus familias, lideradas por el lonko Pascual Pichún, reivindicaban 58 hectáreas apropiadas por la Forestal Mininco. Si bien títulos legales avalaban su reclamo, la sordera de privados y autoridades de gobierno fue total. Más de una década debió transcurrir para que el Estado, reconociendo el despojo, restituyera finalmente el fundo Santa Rosa de Colpi al medio millar de familias campesinas.

Así, a modo de resumen, suena sencillo. No lo fue. En el intertanto hubo una sacrificada lucha que implicó violentos desalojos policiales, heridos por doquier, encarcelamientos, persecución política y una porfía mapuche que, en lo personal, siempre me conmovió profundamente. Como cuando estando encarcelado, acusado de un delirante cargo de terrorismo, el lonko Pichún me solicitó ayuda para escribir una carta al entonces Presidente Ricardo Lagos. Quería comunicarse con la máxima autoridad de los winkas, hablar con él de lonko a lonko, no para suplicar clemencia, más bien para explicar sus razones, la justeza de su bregar. Recuerdo que trabajamos en ella una tarde completa, tiempo en aquella cárcel ambos teníamos y de sobra.

“Señor Presidente, sepa usted ahora de mi propia voz que nosotros los mapuche jamás hemos sido ni seremos terroristas. Sólo luchamos por lo justo, por nuestras tierras, por un futuro mejor para nuestros hijos y también para todo nuestro pueblo. Como lonko tengo el mandato de representar a mi gente, guiarlos en los buenos tiempos y también cuando las cosas se ponen difíciles […] Esta carta no es para lamentar nuestra suerte sino para exigir de su parte un mínimo de respeto y justicia. Cuando usted ni yo estemos en esta tierra, sepa usted que otros mapuche seguirán peleando por lo que nos pertenece y otros lonkos asumirán el lugar que yo y otros hermanos ocupamos hoy”, le dijo Pichún al mandatario.


Como cuando estando encarcelado el lonko Pichún me solicitó ayuda para escribir una carta al entonces Presidente Ricardo Lagos. Quería comunicarse con la máxima autoridad de los winkas, hablar con él de lonko a lonko, no para suplicar clemencia, más bien para explicar sus razones, la justeza de su bregar.

Nunca tuvo respuesta, no al menos aquella que la corona española estilaba con las jefaturas mapuche en tiempos de la Colonia. Con el republicano Lagos ni siquiera un acuse de recibo, todo un símbolo de la irrespetuosa relación de Chile con nuestra gente. Pichún pasaría los siguientes años tras las rejas, condenado por un cargo inexistente en el Código Penal pero que un dueño de fundo, jurista capitalino de renombre, logró a su favor torciendo la ley. Don Pascual, junto al lonko Aniceto Norín y el entonces werkén de la CAM, Víctor Ancalaf, serían los tres primeros mapuche condenados por la Ley Antiterrorista. Los lonkos por una carta que la justicia tildó de "amenaza terrorista" y Ancalaf por atentados a faenas de Endesa España en Ralco. Sus condenas, que cumplieron a cabalidad, serían anuladas recién en 2014 por la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

Traiguén, les contaba, cambió el rumbo de mi vida. Recuerdo que llegué a la zona a comienzos de 1998 siendo un joven e idealista universitario, alumno de segundo año de derecho. Allí, por así decirlo, el futuro abogado dio paso al periodista y escritor del presente. No solo porque mi encarcelamiento al año siguiente y mi posterior condena me impidieron continuar esos estudios, también porque fue allí, en los patios de la cárcel de Traiguén, donde el lonko Pichún y el werkén Víctor Ancalaf me aconsejaron ser fiel a mi propio espíritu. “Peñi, ¿Y por qué mejor no estudia periodismo? Hacen falta personas que escriban la verdad de lo que sucede y usted tiene talento para eso”, me lanzó Ancalaf cierto día que charlábamos del tema. Ya la escuela de leyes de la Católica había comunicado mi expulsión y pensar en un plan B era, al menos para ellos, altamente necesario.

Les juro, no quería volver a estudiar. Lo mío, pensaba, era quedarme allí y acompañarlos en su lucha desde el territorio, allí donde las papas queman como nos gustaba repetir. Fue Ancalaf quien aterrizó de golpe mi entusiasmo activista. “Peñi, usted es escueleado, debe volver a la universidad y ser útil para su gente. Allí está su lugar”, me dijo, muy serio. A la larga eso hice. Volví a rendir la PAA y al año siguiente fui de los primeros matriculados en Periodismo de la Universidad de la Frontera. En tercer año fundamos un periódico mapuche y el resto es historia más o menos conocida. Volver a Traiguén después de tantos años, charlar con estudiantes y vecinos de la ciudad, todos entusiastas lectores de mis libros, me hizo pensar en cuánta razón tenían ambos dirigentes. Y en lo visionarios y generosos que fueron conmigo. Efectivamente, las letras eran mi lugar en este mundo. Se lo debo también a ellos.

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