• Pedro Cayuqueo

Un antes, un después

El pueblo mapuche y sus diferentes organizaciones y liderazgos, muchas veces distanciados entre sí, tienen un gran desafio por delante; consensuar una agenda de futuro que permita avanzar en las demandas políticas de nuestro pueblo.



Han sido días de dolor en Wallmapu. Y de rabia y legítima indignación. El crimen policial de Camilo Catrillanca ha remecido muchas conciencias, impactado muchos corazones, más allá incluso del mundo mapuche como lo demuestran las marchas, cacerolazos y acciones de solidaridad que van desde los gestos de la selección chilena de fútbol a la Orquesta Sinfónica Nacional. Repudio transversal y ciudadano ante un crimen que, siendo honestos, en ocasiones anteriores no concitó el mismo nivel de rechazo público. ¿Será que Chile en verdad está cambiando o todo se resume a que en esta ocasión gobierna Piñera y no Bachelet? Quisiera creer trata de lo primero y no tanto de lo segundo.

En su faceta política lo acontecido ha transparentado que no basta “el buenismo de Moreno” -como lo bautizó Carlos Peña en El Mercurio- para avanzar en la resolución de un conflicto histórico, centenario, donde los intereses en juego son diversos y se trenzan de múltiples maneras.

Un ejemplo de ello es Luis Mayol, el renunciado intendente de La Araucanía. Fue jefe regional pero también portaestandarte del gremio agrícola sureño, histórico adversario de los mapuche y para quienes sus luchas son solo invento de comunistas reciclados en piqueteros étnicos. No son pocos en la región. Los distingue su origen europeo, posición social privilegiada y una adscripción casi cultural a la derecha. Pero a cierta derecha; una todavía anclada en la propiedad de la tierra. La derecha de los dueños de fundo, de los patrones. El propio Mayol, uno de ellos.

El gobierno debe asumir que hay un tipo de abordaje que hizo crisis. Me refiero a la estrategia de “cuerdas separadas”, aquella del garrote y la zanahoria para hacer frente a la reivindicación mapuche. Diálogo por un lado, represión por el otro. Siendo justos no fue una invención de la derecha; ha sido la forma en que todos los gobiernos desde el retorno de la democracia han enfrentado torpemente este tema. Lo nuevo en 2018 fue el Comando Jungla, aquella locura que hoy insisten en hacernos creer que jamás existió. Este abordaje hizo crisis en Ercilla y debe llegar a su fin.


Moreno debe demostrar que no es un invento y que lo suyo dista mucho del buenismo pueril retratado por Carlos Peña. Y que puesto en la encrucijada es capaz de rearmar un diálogo boicoteado a balazos por Interior y sus junglas. Ello requerirá mucho más que la astucia del management.

Se equivocan quienes piensan que la lucha mapuche es posible de combatir con carabineros y fiscales. No lo fue en los noventa, cuando estalla, y no lo ha sido en tres décadas de porfiada rebeldía. Todo lo contrario, si algo ha demostrado la represión es que se trata de un camino absurdo, inconducente. No termina con la protesta, la multiplica. No trae paz a la región, la convulsiona. Retroalimenta además la violencia política. Prueba de ello han sido las jornadas de protesta tras el crimen de Catrillanca. Más de cien acciones -en menos de una semana- que demuestran la incapacidad del gobierno para hacerle frente. Y es que no se controla con apaleos o calabozos la legítima indignación de un pueblo. Tampoco sus ansias de libertad. La via represiva debe terminar en Wallmapu. Es incomprensible en la lógica cultural mapuche dialogar y establecer acuerdos con una contraparte estatal capaz de avalar el asesinato policial por la espalda. Ello quiebra cualquier confianza, dinamita cualquier acuerdo. Hay que estar ciego para no verlo.

¿Qué sucederá en las semanas y meses venideros?

El pueblo mapuche y sus diferentes organizaciones y liderazgos, muchas veces distanciados entre sí, tienen un gran desafio por delante; consensuar una agenda de futuro que permita avanzar en las demandas políticas de nuestro pueblo. Es algo que a ratos se olvida por la vorágine de los acontecimientos; el carácter político de esta lucha ya centenaria heredada de nuestros mayores. Hablamos de un desafío mayor que trasciende por lejos lo contestatario, la mera protesta social o las acciones de resistencia. Implica atreverse a retomar una larga y rica tradición política, olvidada desde que cedimos nuestra representación a partidos winkas y oeneges. Volver al weupin, al nütramkan y el koyagtun, los pilares de nuestro parlamento.

Pero no nos perdamos. En el actual escenario es obligación del gobierno y no de los mapuche allanar el camino hacia una paz con justicia. Es la tarea del ministro Alfredo Moreno quien hasta antes de la actual crisis aparecía evaluado en los medios como el segundo hombre más poderoso de la actual administración. Sorpresivamente muy por sobre Andrés Chadwick y otros personajes del gabinete. Moreno debe demostrar que no es un invento y que lo suyo dista mucho del buenismo pueril retratado por Peña. Y que puesto en la encrucijada es capaz de rearmar un diálogo boicoteado a balazos por Interior y sus junglas. Ello requerirá mucho más que la astucia del management. Por lo pronto, espalda y muñeca política. Y coraje para hacer frente a los extremistas de su propio sector, que no son pocos.

El crimen de Catrillanca ha marcado un antes y un después. Hoy a la agenda institucional mapuche, aquella que hace décadas demanda reconocimiento, participación política e inclusión en el Estado, La Moneda debe sumar la agenda autonomista mapuche. Aquella es la que Temucuicui, la CAM y la Alianza Territorial Mapuche, entre otros referentes, impulsan hace años en sintonía con la experiencia internacional y los pactos de Naciones Unidas. Bueno sería que Moreno tome nota de sus proclamas y planteamientos. Aprendería varias cosas. Una de ellas, que autonomía y libredeterminación no son pretensiones extremistas. Significan, básicamente, profundizar la democracia. Y que el Estado nos saque las manos de encima.

Ser tratados como adultos y no como interdictos. Kizungünewün, diría mi abuelo.



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