• Pedro Cayuqueo

Bienvenidos a Monte Calvario

A los pies de la Cordillera de Nahuelbuta un centenar de colonos italianos vivió a comienzos del siglo XX un verdadero vía crucis. Su relato es parte de Historia Secreta Mapuche II, aquí un adelanto.



En mi columna de esta semana seguiré aportando información turística. Ya hablamos de Puerto Domínguez, ahora es el turno de Capitán Pastene. El bello poblado de raíces europeas fue fundado el año 1907 y debe su origen a la colonia de inmigrantes Nueva Italia, instalada a comienzos del siglo XX a los pies de la Cordillera de Nahuelbuta.

Fueron 88 familias las que llegaron desde Módena hasta Lumaco atraídos por la promesa del empresario Giorgio Ricci de tener todos una vida próspera.

Ricci, un italiano nacido en Verica el año 1870, encabezaba la Sociedad Colonizadora Ricci Hermanos y Cia, fundada junto al periodista siciliano Salvador Nicosia.

Este último era un colaborador del diario El Mercurio, profundo conocedor de la élite y con suficientes contactos para obtener favores del gobierno. Nicosia, de origen noble en Italia y privilegiados contactos con autoridades de la Inspección General de Colonización, rápidamente fue reclutado por Ricci. La fórmula dio resultado.

Fue así que en 1904 embarcaron a las primeras 23 familias en el pequeño vapor Oruba con destino a Talcahuano. Tras un mes de penosa navegación el grupo arribó al puerto chileno el 10 de marzo de 1904, siendo recibidos por autoridades y miembros de la comunidad italiana local.

Desde allí fueron trasladados en tren hasta Los Sauces, para luego abordar un convoy de cuarenta carretas sobrecargadas de enseres. Tras recorrer treinta kilómetros de senderos y vadear el río Lumaco, el grupo llegó a su destino. Allí unas precarias barracas, similares a galpones, esperaban para albergarlos.

Otras 65 familias italianas harían el mismo trayecto al año siguiente.

Jamás imaginaron los colonos que las tierras donde Ricci les había prometido 70 hectáreas por familia y otras 10 hectáreas por cada hijo hombre, eran en su mayoría montañas y lomas cubiertas de frondosos bosques. No solo no habían casas, tampoco tierras para sembrar algo que comer. Al sitio, de triste recuerdo, lo llamaron Monte Calvario.

Pero el negocio, para Ricci, terminó siendo redondo. Mientras a los sufridos colonos se les asignó tierras de dudosa calidad, su compañía recibió del Estado 52 mil hectáreas en pago por sus "labores colonizadoras". Con ellas Ricci y sus socios lotearon preciosos fundos. Lo sucedido desató la furia de los colonos que pronto terminaron enfrentados a sus “paisanos”.

En enero de 1905, un grupo de ellos envió un reclamo a la Legacía Italiana de Santiago. Acusaban a Ricci de no haber distribuido aún las tierras y de haberles asignado pocos y viejos animales de trabajo. Pero lo más grave, de haberse dotado de una milicia privada para controlar a los colonos y las familias mapuche de la zona.

Según la misiva, firmada al menos por doce jefes de familia, los italianos eran obligados a declarar cosechas de trigo muy superiores a las reales. Lo mismo sucedía con la producción de quesos cuando en realidad las vacas viejas de Ricci “ni siquiera daban leche”. Poco y nada pasó con la denuncia.

Mientras a los sufridos colonos se les asignó tierras de dudosa calidad, su compañía recibió del Estado 52 mil hectáreas en pago por sus "labores colonizadoras". Con ellas Giorgio Ricci y sus socios lotearon preciosos fundos.

En abril de 1905 los colonos optaron por denunciar a Ricci ante el Presidente de la República. "Nos ofrecieron toda clase de facilidades y seguridades de pasar en este país una vida feliz y abundante, lo que creímos, pues se trataba de “paisanos” y no podíamos imaginarnos que éstos pudieran sacrificarnos a sus intereses personales y tratarnos como esclavos", le escribieron.

Tampoco pasó nada. A fines de 1905 unos treinta jefes de familia emprendieron viaje a Santiago y se los vio incluso marchar por las calles del centro cívico, protestando. La fundación Lira Italiana los hospedó, apoyó en la protesta e incluso ofreció oportunidades de trabajo en la capital. Ninguno de ellos volvería al sur.

Mismo camino siguieron otras familias.

Hubo quienes terminaron radicándose en Traiguén, Angol y otros pueblos de la Frontera. Otro grupo, más pequeño, apenas pudo se largó para Argentina. Entre estos últimos -cuentan los pasteninos- estaban los ancestros de Javier “Pupi” Zanetti, excapitán del Inter de Milán y estrella del fútbol mundial. Su familia habría llegado a Wallmapu entre los enganchados por Ricci.

Hasta nuestros días una rama de los Zanetti de Traiguén está vinculada al fútbol. Pero al fútbol amateur, lejos del glamour de su pariente.

¿Qué sucedió con Giorgio Ricci?

Prosiguió sus negocios con el Estado. Y metiéndose en chanchullos, su especialidad. A los pocos años fundó la colonia Nueva Etruria, al sur del río Toltén. Las víctimas fueron otras 58 familias italianas que llegaron desde Brasil a tierras pantanosas y sin vías de acceso. En pago su compañía recibió otras 14 mil hectáreas del Estado.

Fue el año 1907 cuando la colonia Nueva Italia pasó a llamarse Capitán Pastene, nombre que recuerda al navegante que fuera brazo derecho de Pedro de Valdivia en la Conquista, Juan Bautista Pastene. No fue una ceremonia cualquiera; contó con la presencia del presidente Pedro Montt. El poblado fue levantado a pulso por aquellos que -estoicos- aceptaron su mala suerte.

El año 1956, tras medio siglo de polémica vecindad, Ricci cerró su casa y abandonó finalmente Capitán Pastene. Cuentan se dirigió a la estación de trenes donde lo esperaba la banda municipal para despedirlo. Emocionado, el empresario saludó a los presentes y se acomodó en su asiento de primera clase para ver la ceremonia.

El tren era pequeño; transportaba pasajeros, mercancías y un carro repleto de cerdos. Pero el director de la banda y los músicos le tenían preparada una última sorpresa. Llegado el momento todos se dirigieron hacia el carro de los cerdos y a ellos dedicaron el saludo musical con sus trompetas y tambores.

Ricci se dio cuenta y acusó el golpe: avergonzado ni siquiera asomó por la ventanilla.



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