• Pedro Cayuqueo

El noble pewén de las tierras altas

Pocos saben que la araucaria-araucana fue el árbol predilecto de los aristócratas y nobles de la época victoriana. Así lo prueban castillos, jardines y parques de todo el Reino Unido.



La culpa fue de la película Highlander, un clásico del cine fantástico de los años ochenta protagonizado por Christopher Lambert y que cuenta la historia de los "inmortales" del clan MacLeod en Escocia. Chequeaba datos del filme cuando en fotos del Castillo Dunvengan, una de sus locaciones y hogar de los MacLeod hace más de ocho siglos, hallé un centenario pewén.

¿Cómo diablos llegó ese árbol, nuestro árbol, hasta el norte de Escocia?, me pregunté de inmediato. Intrigado me puse a averiguar.

No fue fácil pero finalmente di con la hebra en el magnífico libro Chilean trees around the world de Rodrigo Fernández Carbó, publicado en 2018. Allí figura que fue plantado en 1850 por Norman MacLeod, el vigésimoquinto jefe del célebre clan escocés y un reconocido admirador de la “epopeya araucana” en el cono sur de América. De allí el lugar, del todo protagónico, que ocupa en un sitio emblemático para la gran historia de Escocia y Gran Bretaña. Dar con la semilla fue tarea del legendario recolector de plantas inglés William Lobb, quien viajó en 1842 a Sudamérica para adentrarse en Biobío en busca del encargo. Lobb trabajaba para James Veitch, dueño de un prestigioso y exclusivo vivero encargado de ornamentar castillos y jardines de la era victoriana. Veitch, uno de cuyos clientes eran los MacLeod, se maravilló con el pewén, transformándolo en el árbol ícono de aquella época dorada. De aquel viaje Lobb retornó con tres mil piñones que su jefe cultivó y utilizó para ornamentar parques privados por todo el Reino Unido, incluido los jardines botánicos de Londres y Edimburgo. Aquel cargamento fue el semillero de la especie en Inglaterra y toda Europa. Hasta nuestros días un centenario pewén custodia el frontis de la Catedral de Burdeos, puerto francés donde recordemos Orelie Antoine estableció su reino tras ser expulsado de Chile.

Los ingleses, fieles a su humor negro, rápidamente apodaron al pewén como monkey puzzle, rompecabezas de monos, por las dificultades que tendrían estos animales para trepar su intrincado follaje. Se atribuye al abogado Charles Austin la ocurrencia. Para los paisajistas se trataba en cambio de "fine strong plants one year from sede of this, the most noble, hardy and splendid ornamental evergreen tree ever introduced into the British Empire", según los describe un aviso de 1842.


El más antiguo pewén posible de hallar en suelo británico no se encuentra en la capital inglesa. Se halla en el cementerio medieval St. Brelade en la isla de Jersey, en el Canal de la Mancha, y su historia es todavía más sorprendente.

No solo en aristocráticos sitios terminaron sus semillas.

En Monreith, en las cercanías de Port William, es posible hallar un sorprendente bosque de doscientas araucarias en pleno campo escocés. Fueron plantadas allí hace más de un siglo por Sir Herbert Maxwell, miembro del Parlamento y novelista, además de renombrado horticultor. Es un verdadero pedazo de Nahuelbuta o Alto Biobío transplantado a las tierras altas del hemisferio norte. Y semillero de nuevas araucarias para muchos. Pero no fue William Lobb el primero en llevar la araucaria-araucana a Inglaterra.

Este honor recayó en Archibald Menzies, dentista y botánico quien pasó por Chile en 1795 embarcado en el HMS “Discovery”, buque comandado por el capitán George Vancouver. Se cuenta que el Gobernador de Chile, Ambrosio O’Higgins, honró a la tripulación con una apetitosa cena, sirviendo piñones de postre. Menzies guardó varios que pudo germinar durante su viaje de regreso a casa; fueron los primeros pewén en desembarcar en Londres.

Dos de ellos se encuentran hasta nuestros días en los bellos jardines de la Universidad de Durham. Pero el más antiguo posible de hallar en suelo británico no se encuentra en la capital inglesa. Su historia es todavía más sorprendente. Este se halla en el cementerio medieval St. Brelade en la isla de Jersey, en el Canal de la Mancha.

La historia relata que el capitán Philippe Janvrin, de 44 años, había regresado de los mares del sur en septiembre de 1721 infectado por una epidemia mortal. Agonizante ancló su barco frente a la iglesia de la isla donde días más tarde fue enterrado por sus hombres. Se cuenta que el árbol germinó en uno de los bolsillos de su chaqueta. Aquel majestuoso pewén acompaña su descanso hace tres siglos. Y lo hará por mil años si lo dejan.

Así de noble y eterno es el árbol sagrado de las tierras altas, valorado en Europa mientras en Chile —hasta no hace mucho— se lo explotaba sin pudor alguno. Fueron los pewenche, sus hijos e hijas, quienes se levantaron contra el Estado el año 1992 para recuperar sus tierras y salvar los pewén de los aserraderos de la Sociedad Galletue. Uno de aquellos luchadores fue el lonko Ricardo Meliñir Marihuán, líder de la comunidad Quinquén en Lonquimay.

Desde entonces el pewén está protegido por ley, a buen resguardo de la codicia maderera y de aquel menosprecio tan propio de un Chile que debemos dejar atrás.


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