• Pedro Cayuqueo

La isla Doña Inés

A fines del siglo XIX una pequeña isla fue protagonista de un conflicto emblemático. Allí se enfrentaron un lonko y un poderoso ex ministro de Estado poco dado a respetar los tribunales. Foto: Natalia Altamirano



No muy lejos de Carahue, en medio del bello río Imperial se ubica la isla Doña Inés. Cuenta la historia debe su nombre a Inés Olmos de Aguilera, hija del capitán Pedro Olmos de Aguilera, "el vecino más considerado de La Imperial" según lo retrata Diego Barros Arana en su Historia General de Chile.

Inés escapó de la destrucción de la ciudad producto del levantamiento mapuche del año 1599, refugiándose en la isla con un puñado de españoles a quienes lideró en heroica resistencia. Su acción le valdría más tarde ser reconocida por la Corona.

Habitada por los mapuche de la costa, hacia fines del siglo XIX era ocupada por el lonko Juan Tomás Lincopi y su familia. Allí vivía el jefe tradicional sin mayores sobresaltos hasta que fue objeto de la ambición del ex Agente de Colonización en Europa y Ministro de Tierras y Colonización, Isidoro Errázuriz.

Este último, argumentando se trataba de tierras fiscales, despojó de su posesión al lonko y apenas abandonó el gabinete hizo que su reemplazante, el abogado Ventura Blanco Viel, le entregase las treinta hectáreas de la isla “en arriendo”. Blanco lo hizo el 19 de marzo de 1894, por “nueve años” y a un precio ridículamente bajo.

“Concedida en arrendamiento la isla de Doña Inés, su conservación y cuidado serán mejor atendidas que manteniéndola en poder del Estado sin provecho para este”, señalaba en parte el decreto ministerial. El documento nada comenta sobre el lonko y su familia, ocupantes de dichas tierras hacia al menos cincuenta años.

La toma de posesión de la isla le fue encargada al oficial Rodolfo Gálvez. Este llegó navegando hasta la residencia del sorprendido lonko en compañía de una partida de soldados quienes tuvieron que sacar a Lincopi por la fuerza, lo mismo sus animales que allí pastaban. El lonko, por cierto, recurrió de amparo a los tribunales.

Su defensa argumentó un atropello violento e injustificado haciendo notar la desigualdad de poder entre las partes. Por un lado el jefe mapuche, por el otro un poderoso ex ministro de Estado e influyente hombre público. Para sorpresa de todos, en especial de Lincopi, el juzgado de Cañete falló a su favor ordenando la restitución del terreno.

Bien poco le duró la alegría.

Errázuriz se negó a obedecer y el juez de Cañete debió pedir al Gobernador de Imperial el auxilio de la fuerza pública para dar cumplimiento al fallo. Tampoco fue posible; bastó que Errazuriz exhibiera el decreto de arrendamiento otorgado por otro ministro para que el Gobernador -un cercano al gobierno- desistiera de meterse en el embrollo.

Lincopi optó por ocupar las tierras que no olvidemos eran sus propias tierras. El caso rápidamente llegó a la prensa. Con fecha 11 de marzo de 1894, el diario La Nueva República hizo público el escándalo sureño.

“Existe en este departamento en la 9ª subdelegación de Imperial una isla perteneciente a un indígena llamado Lincopi. La isla es bonita y don Isidoro la encontró a propósito para edificar en ella un castillo y hacerla una posesión encantadora donde vive actualmente en compañía de cuatro 'hermanas' a quienes protege”, señala la nota.

Luego expone los antecedentes.

“El Fisco no se había atrevido a ponerla en remate porque varias veces que quiso, el indio fue amparado por la justicia. Don Isidoro, más atrevido que el Fisco, obtuvo del Inspector de Colonización un contrato de arrendamiento y sin más que esto arrojó a viva fuerza al indio de sus tierras y principió a edificar allí una mansión de paz y de descanso”, agrega el periódico.

“Don Isidoro -concluye la nota- ha dicho que no respeta las órdenes de ningún Juez y ha pedido al Inspector de Colonización que le mande otra vez la fuerza pública para resistir a la que debe enviarse por orden judicial para desalojarlo. Actualmente está asistido de soldados armados enviados de Nueva Imperial”.


Habitada desde tiempos inmemoriales por los mapuche, hacia fines del siglo XIX la isla era ocupada por el lonko Juan Tomás Lincopi y su familia. Allí vivía el jefe tradicional sin mayores sobresaltos hasta que fue objeto de la ambición de Isidoro Errázuriz.

El revuelo causado hizo que se involucrara en el caso el Presidente de la Comisión de Títulos y Mercedes a Indígenas, abogado Leoncio Rivera, hombre cercano a Errázuriz. En su apelación a la Corte Suprema alegó que era el único que debía resolver cuestiones de dominio de tierras indígenas. Pero su argumento fue rechazado, siendo confirmada la sentencia original.

Bien poco duró a Lincopi esta segunda victoria.

Las maquinaciones del exministro lograron desalojarlo nuevamente y esta vez de forma definitiva. Y es que no obstante nuevas querellas y recursos legales interpuestos por el lonko, la isla finalmente salió a remate público en 1897. Tras ser obviamente rematada a su favor, Errázuriz por fin pudo transformarla en su lugar de descanso y recreo veraniego.

Cerca de la ribera sur edificó una hermosa casa de dos pisos, rodeada de amplias galerías, construyendo además un muelle semi perdido entre las quilas que adornaban su contorno. Al norte de la casa arregló un extenso jardín, tras el cual dejó un potrero que convirtió en quinta. Completaban el cuadro una multitud de aves y animales de diversas especies.

Con exquisito sarcasmo el diario El Colono de Cañete se refiere al caso en su edición del 17 de marzo de 1894:

“El señor Errázuriz se siente satisfecho de burlar cuando quiere el poder judicial y mantener la usurpación escandalosa de los derechos de un infeliz a quien ha maltratado y despojado de cuánto tenía. Algún castigo ha sufrido, sin embargo: ahora llora inconsolable la muerte de un precioso toro y la enfermedad de dos preciosas yeguas que aún no pueden aclimatarse en estos lugares”.

Pero lo cierto es que Errázuriz poco pudo disfrutarla. En 1898, mientras representaba diplomáticamente a Chile en Brasil, falleció víctima de la fiebre amarilla.

Tras su muerte la isla quedó abandonada.

Poco a poco su paraíso desapareció. Las flores se secaron, los senderos se borraron y las plagas invadieron los árboles frutales uno por uno. Años más tarde fue vendida a una sociedad comercial agrícola-ganadera que demolió la casa, barrió con el jardín y todo el recreo isleño se convirtió en potrero.

De poética forma el diario La Epoca recordaría años más tarde el paso de Isidoro Errázuriz por la isla:

“El distinguido diplomático encontró utilidad artística en las espléndidas galas con que la Naturaleza dotó a la isla, y con exquisito gusto aprovechó las sombrías ensenadas de las riberas o el magnífico efecto de colores que ofrecían las quilas, el ramaje de los robles cuajados de pétalos bermejos y el verde oscuro de los canelos para producir nuevos paisajes”.

Fechada el 15 de octubre de 1911, la nota del periódico -curiosamente- no hace la más mínima referencia al lonko Lincopi, el habitante original de aquel maltratado pedazo de tierra. Se hizo necesario borrarlo de la historia.


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