• Pedro Cayuqueo

El caso Maldonado

El 1 de agosto de 2017 se vio por última vez con vida al artesano de 28 años. Fue en una protesta realizada por una comunidad mapuche de la localidad de Cushamen, Chubut. Su desaparición ha visibilizado el tema mapuche en todos los medios del país trasandino.



Por estos días el tema mapuche ha ocupado las primeras planas de todos los medios. No hablo de Chile, hablo más bien de la República Argentina. Crónicas en el diario Clarín, reportajes en La Nación, media docena de columnas en Página12. El pasado domingo fue tema central del estelar televisivo del periodista Jorge Lanata. Hasta en los matinales ha salido el tema a colación.

¿A qué se debe tanto revuelo mediático?

Trata de la desaparición de un joven artesano de veintiocho años oriundo de la provincia de Buenos Aires y radicado en Esquel, Santiago Maldonado. Se sabe que viajó hasta la provincia de Chubut para apoyar el reclamo de una comunidad de jóvenes mapuche que reivindica tierras en manos de la familia Benetton. Sí, los dueños de la mundialmente conocida marca italiana de ropa. Y los mayores terratenientes de Argentina.

Allí Maldonado habría participado de un corte de ruta, acción de protesta para exigir la liberación del lonko Facundo Jones Huala, preso en Esquel y quien es reclamado por la justicia en Chile por causas abiertas en la región de Los Ríos. Aquella protesta fue violentamente reprimida por la Gendarmería Nacional. Consta en diversos registros que hubo disparos y apaleos varios. Fue la última vez que se lo vio con vida.

Los mapuche denuncian que Maldonado fue tomado por la policía, torturado y hecho desaparecer. El Gobierno niega esta versión, respaldando el trabajo de la Gendarmería. La ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, llegó a calificar como “una locura” la teoría de la desaparición forzada que impulsan sus familiares y organismos de derechos humanos. Ha transcurrido más de un mes entre esos dimes y diretes. Y noticias del artesano, ninguna.

El caso ha golpeado a la opinión pública. Y es que la desaparición de Maldonado toca una fibra muy sensible en un país con escandaloso historial de terrorismo de Estado.

Se suma a ello el momento político; el joven desapareció en medio de los primeros comicios que enfrenta el Gobierno de Macri, en octubre próximo. La politización del caso fue cuestión de horas. Si hasta Cristina Fernández salió al ruedo buscando acarrear agua para su molino.


Desierto. Así llamó la historia oficial al extenso y libre territorio indígena al suroeste de Buenos Aires. Tenía lógica el argumento. Si se trataba de un desierto, entonces los millones de hectáreas eran “tierra de nadie”, posibles de apropiar por el fisco y luego repartir entre hacendados.

Muchos argentinos se han enterado hoy de que su país también es tierra de “indios”. Así nos llama el reconocido periodista Jorge Lanata, fundador nada menos que del diario Página12. “Indios truchos”, como calificó a Jones Huala y sus seguidores en su estelar televisivo Periodismo para todos.

Lanata llegó a viajar a la cárcel de Esquel para entrevistar en exclusiva al lonko. Y corroborar in situ su delirante teoría de una “guerrilla mapuche” cercana a ISIS, expuesta en una columna del diario Clarín. No le fue muy bien en las tierras de los legendarios Inakayal, Foyel y Sayweke.

Y es que el joven lonko nada tiene de guerrillero. Ni él ni su grupo. Trata de un puñado de jóvenes —urbanos en su mayoría— recuperando tierras y también la herencia de sus abuelos. Son los nietos del despojo, criados en los barrios pobres de Bariloche y otros pueblos de la Patagonia. Los mueve la memoria, no el materialismo histórico. No buscan la conquista del poder, más bien lo desprecian.

Quieren tierras para vivir en paz y a su modo. De la huerta y los corrales. Y no dejar de ser lo que antes fueron sus mayores.

Pero la mayoría de los argentinos opinan como Lanata. Aseguran que los mapuche son “invasores chilenos”. De la guerra de ocupación comandada por Julio Argentino Roca en la segunda mitad del siglo XIX no dicen ni pío.

Desierto. Así llamó la historia oficial al extenso y libre territorio indígena al suroeste de Buenos Aires. Tenía lógica el argumento. Si se trataba de un desierto, entonces los millones de hectáreas eran “tierra de nadie”, posibles de apropiar por el fisco y luego repartir entre hacendados ingleses y porteños.

Pero el “desierto” nunca fue un desierto. Hasta tenía una lengua franca: el mapuzugun, el habla mapuche de la tierra. Esta fue por siglos la lengua de la diplomacia, el comercio y también de las guerras intertribales que existieron… y pocas no fueron.

El mapuzugun es la prueba de una ocupación de larguísima data. Basta chequear la toponimia. En las provincias de Buenos Aires, La Pampa, Neuquén, Río Negro y Chubut sobran los vocablos en nuestra lengua. Son cientos. He aquí un dato irrefutable.

Pero los argentinos insisten en que los mapuche son chilenos. Es raro aquello. En Chile el etnólogo Ricardo Latcham aseguró en su minuto que los mapuche éramos todos “argentinos”, descendientes de alguna rama de la cultura guaraní. Y que previo al arribo español habíamos invadido Chile por los pasos cordilleranos.

Esto lo tomó más tarde el historiador Francisco Encina y se volvió doctrina oficial en los colegios. Es la llamada “cuña araucana”. ¿No será más bien que Chile y Argentina están en suelo mapuche? El tema está en el debate público. Aquello siempre será una buena noticia. Y lo será todavía más cuando sepamos qué pasó en verdad con Santiago Maldonado.



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