top of page

El choque cultural de Lincolao

No ha sido fácil la gestión de la ministra de Ciencias, Ximena Lincolao. Su última polémica involucró al profesorado. Sacó ronchas al proponerles reconvertirse al área de servicio al cliente o como vendedores.



Hay algo inquietante en las polémicas que durante las últimas semanas han rodeado a la ministra de Ciencias, Ximena Lincolao. No solo porque algunas de sus declaraciones han sido, por decirlo suave, poco afortunadas. También porque hablamos de la primera mujer mapuche que ocupa un ministerio en la historia de Chile. Y basta recorrer las redes sociales para comprobar que cada controversia protagonizada por ella parece otorgar licencia para que aflore lo peor de ese viejo racismo chileno aún no superado.

La propia ministra lo ha dicho: Chile es un país racista y clasista. Y tiene razón. Basta observar algunos comentarios sobre su origen y apellido para comprobarlo. Pero tiene razón solo en parte. Porque atribuir únicamente al racismo las dificultades de su gestión impide advertir otro factor tanto o más relevante. Me refiero a un choque cultural. Pero no al que probablemente muchos imaginan. No se trata de un choque entre una ministra mapuche y la sociedad chilena. Más bien del choque de una ministra profundamente norteamericana en su cultura profesional y un país sudamericano llamado Chile.

Se olvida con demasiada facilidad que Lincolao pasó buena parte de los últimos treinta años en Estados Unidos. Allí estudió, trabajó, emprendió y triunfó en el competitivo ecosistema tecnológico. Allí también fundó empresas, se vinculó con el mundo de la innovación y llegó a ser destacada por revista Forbes entre las emprendedoras latinas más relevantes. No regresó a Chile solo con un doctorado bajo el brazo. También lo hizo con una determinada manera de entender el conocimiento, la innovación y, sobre todo, la relación entre educación y mercado laboral. Allí parece radicar, al menos para mí, la clave de todas sus controversias.


La propia ministra lo ha dicho: Chile es un país racista y clasista. Y tiene razón. Basta observar algunos comentarios sobre su origen y apellido para comprobarlo. Pero tiene razón solo en parte. Porque atribuir únicamente al racismo las dificultades de su gestión impide advertir otro factor tanto o más relevante.

El debate por Becas Chile lo mostró tempranamente. Lincolao defendió una mayor priorización de áreas consideradas estratégicas para el desarrollo del país, entre ellas ingenierías y tecnologías, frente al peso alcanzado por las ciencias sociales y humanidades. Según las cifras esgrimidas por la propia ministra, un 61% de las becas se concentraba en ciencias sociales y humanidades, frente a un 10% en ingeniería y tecnología y porcentajes todavía menores en áreas médicas y agrícolas. La discusión sacó ronchas. Terminó escalando hasta provocar la intervención del influyente rector Carlos Peña, quien advirtió que relegar las humanidades frente a la tecnología constituía un error de enormes proporciones.

No ha sido el único. Académicos, científicos y columnistas han cuestionado estas semanas el enfoque presupuestario de la ministra. También sus argumentos. El problema es que Lincolao habla con frecuencia desde una cultura estadounidense donde conceptos como empleabilidad, innovación y vinculación entre universidad e industria forman parte natural del vocabulario público. Las universidades más prestigiosas de Estados Unidos celebran que sus investigadores patenten descubrimientos, levanten capital y conviertan una investigación en un producto comercial exitoso. En Chile, especialmente en el mundo humanista, ese lenguaje genera sospechas y anticuerpos inmediatos.

La última polémica es reveladora. Al referirse a las oportunidades que abre la inteligencia artificial, Lincolao señaló que los profesores podían reconvertirse en áreas de ventas o servicio al cliente. Dicho en chileno, sonó brutal: estudie pedagogía para terminar de vendedor. El escándalo era previsible. Posteriormente explicó que se refería a funciones que en el ecosistema tecnológico estadounidense se conocen como Customer Success Manager: profesionales encargados de acompañar, capacitar y enseñar a los clientes a utilizar tecnologías cada vez más complejas. Su punto era que un profesor posee precisamente aquello que muchas empresas tecnológicas necesitan: capacidad de comunicación y habilidad para enseñar. Pero la explicación llegó después del incendio.

Si quiere continuar en el cargo, Lincolao debe entender que no habla desde Silicon Valley ni frente a una reunión de emprendedores tecnológicos. Habla desde Santiago de Chile, como ministra de Estado y a todo el pueblo chileno. Debe, urgentemente, aterrizar su discurso a la realidad local. Buscar mejores traductores. Y no del mapuzugun al castellano, por cierto. Repito, nada justifica el racismo que ha enfrentado en las redes, pero protegerla del racismo tampoco significa declararla inmune a la crítica. Menuda paradoja la de Ximena Lincolao Pilquián: todos esperaban que la primera ministra mapuche tuviera problemas por ser demasiado mapuche. Y resulta que, hasta ahora, sus mayores problemas parecen provenir de ser demasiado gringa.



 
 
 

Comentarios


¡SÍGUEME! 

  • Facebook
  • Twitter
  • YouTube
  • Instagram
bottom of page