Tiempos aquellos
- Pedro Cayuqueo

- 16 may
- 3 min de lectura
Sumergirse en la ilustrada política parlamentaria de mediados del siglo XX permite advertir el grave deterioro del debate político actual. Vivimos en la era del espectáculo y de ello nadie se escapa.

Por estos días trabajo en las actas parlamentarias de la década de 1940, valioso archivo histórico disponible en la magnífica Biblioteca del Congreso Nacional. Lo hago rastreando la huella de otros dos diputados mapuche del siglo XX, en este caso del profesor normalista Arturo Huenchullán y del potentado agricultor Venancio Coñuepán. Ambos serán los protagonistas de “El renacer de Arauco”, tomo dos de la saga histórica que inauguramos a fines del año pasado con “La senda de los lonkos” (Pehuén), obra de gran acogida entre mis lectores. Se trata de una saga de largo aliento, proyectada en cuatro tomos y que buscará relevar las trayectorias políticas de los ocho parlamentarios mapuche que nos representaron entre los años 1924 y 1973.
No es solo un ejercicio de memoria histórica, tarea siempre necesaria, es también un intento por hacer pedagogía cívica respecto de la labor del Congreso y de una ética política en el servicio público y los asuntos de gobierno que hoy pareciera tristemente extraviada. Sumergirse en las actas parlamentarias de la primera mitad del siglo XX no es solo viajar a otra época, también es hacerlo a otra política y otra calidad de políticos. Leo, por ejemplo, a ministros de estado que por distintos motivos llegan al Congreso a exponer de sus carteras. Un lujo la mayoría de sus exposiciones. Y lo mismo las intervenciones de los diputados, entre ellos Tomic, Coñuepán y Bulnes, políticos dotados de peso intelectual y una profunda vocación de servicio.
Las comparaciones son siempre odiosas, pero a veces debemos obligarnos a entablar algunas para caer en cuenta de nuestra pobre realidad. Hace unos días pude ver en televisión a la flamante ministra de Seguridad, Trinidad Steinert, exponiendo ante la Cámara de Diputados el hasta hoy inexistente Plan de Seguridad Pública del gobierno de José Antonio Kast. Cuesta creer que su exposición, mal leída y pobremente argumentada, haya sido la de una ministra de estado en ejercicio. Más tarde, agravando aún más la falta, reconoció que no había anticipado que el Congreso le exigiría un plan estructurado y concreto. “Yo no me esperaba esta exigencia”, declaró a modo de inútil defensa la ex célebre fiscal del Ministerio Público.
Hace unos días pude ver en televisión a la flamante ministra de Seguridad, Trinidad Steinert, exponiendo ante la Cámara de Diputados. Cuesta creer que su exposición, mal leída y pobremente argumentada, haya sido la de una ministra de estado en ejercicio.
Tal vez allí precisamente el problema.
El nombramiento de Steinert, una completa “outsider” de la política tradicional, se inscribió en lo que algunos analistas han catalogado como la política del espectáculo. En ella el objetivo no es seducir a la ciudadanía con ideas y propuestas, si no más bien captar su atención (y adhesión electoral) con medidas populistas de alto impacto mediático. Fue así como un ministerio clave, que en otro tiempo sería la cúspide en la carrera política de un hombre o mujer de vasta trayectoria en los asuntos de estado, terminó finalmente en manos de una ex fiscal regional de Tarapacá de nula trayectoria en la política formal, pero atractiva por su perfil. ¿Qué podría salir mal con su particular e insólito nombramiento? Absolutamente todo.
Mi deseo es que este tipo de política, vulgar, performática y amateur tan propia de nuestros días, toque fondo lo más rápido posible. Y que volvamos, cuanto antes, a la alta política de antaño caracterizada por parlamentarios y ministros de fuste, conocedores del estado, del entramado legislativo y poseedores —nunca está de más recordarlo— de una oratoria sobresaliente. ¿En qué momento la política chilena se transformó en un circo populista? ¿en qué minuto los golpes de efecto caza-likes y la polarización reemplazaron el sano debate democrático? No idealizo, en la década de 1940 también había de todo en el Congreso y en los gobiernos de turno, pero créanme que ni los tontos ni los incompetentes eran quienes figuraban o se robaban los aplausos.




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