• Pedro Cayuqueo

La deuda de Chile


Alguna vez se pensó que la globalización contribuiría a que el mundo fuera más uniforme. Resultó al revés: estimuló un renacer de las identidades colectivas que parecían ahogadas.

De acuerdo a estimaciones recientes, ciento ochenta y cuatro países del globo, suman sobre seiscientos grupos lingüísticos y, en su conjunto, más de cinco mil grupos étnicos. En los países de Latinoamérica existen ochenta y dos grupos lingüísticos. La lengua materna mediante la que construimos los recuerdos, nuestro lugar en el mundo, y la biografía más íntima, ha mantenido entonces en contra de todos los pronósticos evolucionistas, una radical heterogeneidad.

Son pocos los países en que los ciudadanos hablan una sola lengua, reconocen su origen en un mismo grupo étnico y poseen prácticas culturales uniformes. La profecía que se puede leer en los libros de la historia de Herodoto –los que creemos vencidos, dijo Herodoto, tienen costumbres porfiadas- fue correcta. En Chile el fenómeno posee una intensidad creciente desde la recuperación de la democracia el año 1989.

Poco a poco, diversos grupos cuya identidad se reconoce en pueblos originarios -es decir, pueblos conquistados por Europa y luego asimilados por el estado nacional del siglo XIX- reivindican un lugar propio en el Estado; recuperan su lengua y sus costumbres; solicitan se reconozcan sus peculiaridades y el derecho a reproducirlas; exigen se proteja su identidad; y reclaman se les permita irrumpir en la escena pública.

Esos grupos –mapuches, aymaras, atacameños, diaguitas, rapa nui, kaweskar- sienten que su identidad ha sido ahogada por la ficción del estado nacional y que sus recursos les han sido arrebatados por una sociedad mayor que los ensalza en los manuales de historia y en los discursos patrióticos de ocasión; pero que cuando se trata del espacio de lo público los trata como excrecencias de un tiempo que, por la irrupción del mercado, se estaría ahora inevitablemente extinguiendo.

Por supuesto, no hay nada de arcaísmo en las demandas de esos pueblos. Sus intelectuales, entre los que se cuenta Pedro Cayuqueo, el autor de estas crónicas, no reivindican una identidad antigua, algo que hubiera estado, durante siglos, suspendida en el tiempo, perviviendo subterránea en medio de la formación de lo que hemos llamado conciencia nacional y ciudadanía. Esos pueblos y sus integrantes han forjado para sí una identidad en diálogo con la nación chilena, una identidad que, sin embargo, no logra confundirse plenamente con ella y que reclama, entonces, reconocimiento y valoración.

Esa es la deuda que asoma en estas crónicas mapuches de Pedro Cayuqueo. La falta de reconocimiento.

El que primero dijo que lo que movía a los seres humanos era el deseo de reconocimiento, fue Hegel. Él sostuvo que cada pueblo tenía una idea de si mismo, una concepción de su propio valor. Pero para que esa idea llegara a ser verdad, para que fuera una realidad efectiva, era imprescindible que otra conciencia, distinta a la propia, la acogiera. Cuando ello ocurría se había alcanzado el reconocimiento.

Por supuesto, ese autor pensó que la lucha por el reconocimiento era, casi siempre, una lucha a muerte. Cada conciencia que buscaba ser reconocida perseguía la muerte de la otra hasta que alguna de ellas, para evitar la muerte a manos de la otra, consentía la esclavitud. En las sociedades democráticas, sin embargo, la lucha por el reconocimiento no es una lucha que tenga por objeto desplazar a otros, sino un esfuerzo por alcanzar un lugar en la esfera pública y en el ámbito de la cultura, un esfuerzo porque el propio valor sea reconocido por los demás. Quien aboga por el reconocimiento, aboga por el derecho a la diferencia, a la heterogeneidad de la sociedad en la que vive.


No hay nada de arcaísmo en las demandas de esos pueblos. Sus intelectuales, entre los que se cuenta Pedro Cayuqueo, el autor de estas crónicas, no reivindican una identidad antigua, algo que hubiera estado, durante siglos, suspendida en el tiempo, perviviendo subterránea en medio de la formación de lo que hemos llamado conciencia nacional y ciudadanía.

Ese esfuerzo por la heterogeneidad es, por lo demás, casi un imperativo de sinceridad en sociedades que, como la chilena, son producto de un largo proceso de aculturación –de encuentro y de conflicto entre culturas- del que ha resultado que casi todos podrían reconocer identidades múltiples. Nadie, o casi nadie, está de un solo lado en este conflicto. Basta que se detengan a pensar un poco y descubrirán que por razones culturales y simbólicas deben estar de ambos lados. Como ocurre con Pedro Cayuqueo, el autor de estas crónicas.

Sin embargo ¿se puede ser mapuche y chileno a la vez? Sí, sin ninguna duda. De la misma manera que se puede ser judío y alemán, árabe y chileno o cualquier mezcla parecida a esa. En otras palabras, se puede pertenecer a una comunidad política y participar de ella, de sus desafíos y sus deliberaciones, y, al mismo tiempo reclamar una identidad particular, atada a un pueblo específico, con un ethos propio que se ejerce y que se procura preservar.

En el mundo contemporáneo las identidades son múltiples y las lealtades pueden estar perfectamente cruzadas. Un ejemplo clásico de lo anterior es el caso de Raymond Aron.

Raymond Aron fue judío, él nunca quiso eludir ese destino; pero al mismo tiempo fue francés. Esgrimió entonces los principios republicanos, la idea de ciudadanía y de libertad, es decir, el ideal de la comunidad francesa, para que se le permitiera seguir siendo fiel a su condición de judío. Reclamaba su derecho a ser judío porque era francés. Aron fue así judío y francés al mismo tiempo. Otro caso semejante fue el de Freud. No fue creyente, ni nada que se le pareciera, y era europeo, pero siempre reivindicó su condición de judío, su pertenencia a una cultura y a una memoria que nunca quiso traicionar.

Estas páginas que ha escrito Pedro Cayuqueo muestran esa misma porfía por abrigar identidades múltiples. Y de paso muestra que la identidad no es una cuestión ontológica, algo relativo a la raza (como alguna vez creyó el positivismo biologicista) sino una cuestión relativa a la voluntad. No es ni mapuche ni chileno, ni ambas cosas, se decide serlo.

En estas líneas que se leen como un relato, pero que suelen esconder un ensayo; en estos textos que a pretexto de relatar acontecimientos defienden puntos de vista, hay un autor, un sujeto de la enunciación, que es chileno como el que más, que conoce y esgrime los principios de la comunidad política a la que pertenece, y que, por lo mismo, es capaz de confrontar a los actores que están en conflicto con los mapuches, con los mismos principios que proclaman y a los que dicen adherir. Y hay un sujeto del enunciado, alguien que habla en la escritura de Pedro Cayuqueo, que es el pueblo mapuche al que él pertenece, cuya identidad reivindica, defiende y por cuyo reconocimiento aboga.

En esa mezcla, que como se verá de inmediato produce notables resultados, se esconde el secreto de estos textos.



Por Carlos Peña





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