• Pedro Cayuqueo

¿Los mapuche invasores chilenos?

Segunda entrega de la gira del libro Historia secreta mapuche desarrollada por las provincias del sur de Argentina, el antiguo País Mapuche de nuestros ancestros. En esta crónica Bariloche y Esquel.



Bariloche, la turística urbe que bordea el lago Nahuel Huapi fue la segunda estación de nuestra gira en Puelmapu. Bariloche es una ciudad de postal, un destino “top” a nivel mundial como la calificó recientemente The New York Times.

Pero su estética “suizandina” no logra ocultar una presencia mapuche de siglos hoy confinada a su periferia, a los barrios pobres del alto. De allí era Rafael Nahuel, el joven mapuche baleado por la espalda por un efectivo de Prefectura Naval en noviembre de 2017.

Nahuel participaba junto a familiares, miembros de la comunidad Lafken Winkul Mapu, de una recuperación de tierras en Villa Mascardi, al interior de un recinto de Parques Nacionales. Si bien los medios hablaron de un “enfrentamiento armado” las pericias determinaron que las balas fueron de un solo lado, 114 en total, entre disparos de pistolas Beretta y subfusiles MP5.

Rafael Nahuel tenía 22 años y cero rastro de pólvora en sus manos. Su crimen continúa en la impunidad.

Blanca y sin indios. Es la imagen que muchos promueven de Bariloche. Tal vez por ello quien corona su Centro Cívico no es José de San Martín, quien parlamentó con los pewenche en 1816 y se refería a los pueblos originarios como “nuestros paisanos los indios”. Acá ese lugar de privilegio lo ocupa Julio Argentino Roca, el arquitecto de la invasión militar y responsable –dice la historia oficial- de “limpiar de toldos” el territorio.

Lo cierto es que Roca nunca cabalgó por Nahuel Huapi. Si lo hizo el general Conrado “Toro” Villegas, el verdadero protagonista de las sangrientas campañas militares en esta parte de Wallmapu.

Hasta Bariloche llegamos procedentes de Jacobacci. Presentamos el libro en el Salón de Prensa Municipal acompañados del periodista Adrián Moyano quien comentó la obra. Lo hicimos a escasos metros de la estatua de Roca plagada de pintadas de protesta. Y es que porfiada y rebelde es la memoria de los pueblos. Y rebelde es también Isabel Huala, madre del lonko Facundo Jones Huala, joven dirigente encarcelado en Esquel y requerido por la justicia chilena.

En su casa, invitados gentilmente a cenar, cerramos aquella jornada de libros y música mapuche. Acompañados de mate charlamos hasta medianoche con ella, su nuera y uno de sus hijos. Fue nuestra forma de solidarizar con su familia y con luchas que también son las nuestras.

Luego partimos rumbo a Esquel en la vecina provincia de Chubut. Durante el trayecto nos detuvimos en la Estancia Leleque, propiedad de la poderosa familia Benetton. Los italianos son los mayores terratenientes de Argentina con más de un millón de hectáreas en ovejas y alambradas. Sus litigios con comunidades están a la orden del día.

Allí muy cerca están las tierras en conflicto por las cuales lucha el lonko Facundo y los jóvenes que integran la combativa Pu Lof de Cushamen. También el río donde fue encontrado muerto Santiago Maldonado tras una brutal carga de Gendarmería. Su caso el año pasado conmovió a toda la Argentina e instaló el tema mapuche en los medios de Buenos Aires. Y más tarde en la agenda del gobierno de Macri.

Allí cerca también se encuentra la Comunidad Santa Rosa Leleque, liderada por el lonko Atilio Curiñanco. La suya fue hace diez años una lucha emblemática contra Benetton y que gracias a un apoyo transversal de la sociedad argentina dio sus frutos. Hoy las familias mapuche viven en seiscientas hectáreas donde recuperan a diario el kuifikezugun, el pensamiento profundo de nuestros antiguos.


Comentamos la situación del lonko Facundo durante el almuerzo. Son estrategias represivas, de encarcelamiento de voces críticas que parecen calcadas a las que vivimos en Chile desde los noventa. Es el absurdo de la contención policial de un reclamo que ante todo es político, cultural y que hunde sus raíces en la historia, en la mala historia, en aquella que todavía no se cuenta.

“No porque el winka nos haya faltado el respeto vamos a ser nosotros irrespetuosos”, nos dijo el lonko a modo de reflexión cuando charlamos del conflicto y la radicalización de algunos sectores. Curiñanco hacía referencia al “yamuwün”, uno de nuestros valores culturales más importantes y que norma las relaciones entre las personas, el mundo y la naturaleza. Sabias palabras del lonko que comentamos camino a Esquel, la tercera estación de nuestra gira.

Esquel es la puerta de entrada a diversos parques de montaña y parada obligada para quienes recorren la famosa Ruta Nacional 40. Esta se extiende a lo largo de toda Argentina, cruza desiertos, valles y trepa montañas desde la frontera con Bolivia hasta Río Gallegos en el extremo austral.

La zona es un histórico territorio de cruce cultural entre los mapuche y los tehuelche, estos últimos también mal llamados “patagones” por los primeros exploradores europeos. Ellos son, para los contrarios a la reivindicación mapuche, los “verdaderos indígenas argentinos”, en contraposición a nuestros ancestros que solo serían “invasores chilenos”, “piqueteros” o bien “indios truchos” como nos bautizó el periodista Jorge Lanata.

Lo anterior es un absurdo muy extendido en la sociedad argentina. Se debe, en parte, a la influencia en el sistema educativo de Rodolfo Casamiquela, célebre paleontólogo y autor intelectual de dicha tesis. “Si se definen como mapuche son chilenos y si son chilenos no tienen derecho sobre la tierra de la Argentina”. Tal es su febril razonamiento travestido de verdad histórica.

Pero aquello sabemos es falso. Y si bien las relaciones entre mapuche y tehuelche transitaron períodos de enfrentamiento bélico, lo que primó en Chubut y otras provincias fue el contacto pacífico, la convivencia y el cruce cultural. Así lo refleja la riqueza y variedad de su toponimia; mientras Esquel es una palabra de origen tehuelche, otras denominaciones geográficas de la misma zona provienen del mapuzugun. Y así hasta el Estrecho de Magallanes.

No solo la toponimia desmiente a Casamiquela. También la porfiada realidad. Hoy Esquel es una activa plaza de activismo mapuche-tehuelche y así lo grafican sus muros, pintadas callejeras y un sin fin de actividades y manifestaciones. Allí se encuentra encarcelado el lonko Facundo, de gran ascendencia en sectores estudiantiles, barriales y de contracultura, los “mapurbes” y “mapunkies”, los nuevos brotes de nuestro pueblo en el asfalto.

Muchos de ellos asistieron a la presentación del libro. Tuvo lugar en un gimnasio repleto de público y fue organizado por la Catedra Libre Pueblos Originarios de la Universidad Nacional de la Patagonia, la principal de la provincia. Fuimos acompañados por la historiadora Romina Villafañe, el profesor Hernán Schiafinni y la abogada Sonia Ivanoff, destacada académica y representante ante la justicia del lonko Facundo.

Junto a ella acudimos la mañana siguiente a visitar al peñi a la cárcel. Pero la burocracia penal y tal vez el fantasma de los “mapuche-invasores-chilenos” nos impidió el ingreso. Tras largas negociaciones logramos que un miembro de la delegación fuera autorizado. Pudo llevar libros, música y nuestro saludo solidario. Pasó tres horas charlando con el lonko quien agradeció la visita y nos deseó una gira sin contratiempos.

Comentamos su situación durante el almuerzo. Son estrategias represivas, de encarcelamiento de voces críticas que parecen calcadas a las que vivimos en Chile desde los noventa. Es el absurdo de la contención policial de un reclamo que ante todo es político, cultural y que hunde sus raíces en la historia, en la mala historia, en aquella que todavía no se cuenta. No verlo es pecar de ceguera e ineptitud política. Y también de ignorancia.

Esa misma tarde dejamos Esquel y emprendimos un largo viaje de quinientos kilómetros rumbo a la costa atlántica, hacia aquellos mares donde nos contaban los abuelos que nace el sol.



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