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El destierro de Katrilaf

Actualizado: 10 ago 2025

Un registro sonoro de comienzos del siglo XX recupera la voz de un joven mapuche sobreviviente de la invasión militar chileno-argentina. En su testimonio el drama de la guerra y el destierro.



Cuentan los pewenche que Quinquén, el valle encajonado y boscoso vecino de la bella laguna Galletue, significa ‘lugar escondido’ en lengua mapuche. Así traduce Quinquén la gente mayor recordando los tiempos de la guerra contra chilenos y argentinos. Me lo confirmó años atrás el lonko Ricardo Meliñir, líder pewenche que encabezó en la década de 1990 la defensa del pewén frente a la voracidad de las sociedades madereras. Quinquén, al igual que su vecina Icalma, desde antiguo fue escondite de familias mapuche que escapaban de los estragos militares. Así lo grafica un impactante testimonio recogido en 1901 por el etnólogo alemán Roberto Lehmann-Nitsche y que tiene a dicho territorio como escenario.

“Una vez me escapé, estuve a punto de que me atraparan los soldados, eso pasó al otro lado de la cordillera cerca del lago Galletué, en las tierras que ahora es Chile. Cerca hay muchos piñones, allá fuimos a recolectarlos. Entonces divisé a los soldados. ¡Kayupi, allá vienen los winka!, le dije a mi hermano. ¡Sube al caballo de inmediato! le dije. Entonces con el caballo entré rápidamente en el río para cruzar al otro lado. Mi hermano venía detrás montado en una mula. Estábamos pasando cuando un capitán nos disparó. La mula que él montaba recibió un balazo. Me detuve y ambos montamos mi caballo. Las balas llovían. Nos persiguieron y nos disparaban por la espalda. ¡No voy a morir!, me dije. Al final nos salvamos, pero capturaron a mis dos hermanas”, relata el mapuche Nawelpi al etnólogo alemán.

Persecuciones como la descrita eran habituales en esos años.

Lugar de tránsito y refugio, la cordillera de los Andes se volvió prioridad para los ejércitos de Chile y Argentina. En palabras del historiador Tomás Guevara, “era necesario ir a buscar a los indios en sus últimos baluartes”. Y ambas repúblicas así lo hicieron. Entre 1881 y 1883, bajo las órdenes del teniente coronel de la Guardia Nacional Martín Drouilly, tropas chilenas emprendieron diversas excursiones a la cuenca del río Biobío. Lo propio hicieron desde el oriente soldados argentinos. Drouilly era un ingeniero francés que servía también en la milicia. Cartas geográficas de buena parte del país llevaban su firma, incluidos trabajos topográficos en la alta cordillera. Años más tarde lo veremos en Angol y Temuco recibiendo colonos europeos en su cargo de Inspector General de Colonización.

Las de Drouilly fueron expediciones que abarcaron desde Antuco hasta Icalma. A su paso fue sembrando de fuertes militares la línea del Alto Biobío, que se complementaba con la línea del Allipén y los fuertes de Freire, Cunco y Llaima (actual Melipeuco). A juicio del francés, la cordillera permitía a los mapuche "participar en las correrías de sus vecinos trasandinos, facilitándole las comunicaciones entre sí y perspectivas de refugio inexpugnables". Sus consideraciones eran de estrategia militar pura. En la zona de Llaima figuraban además refugiados los descendientes del célebre toqui Calfucura, sus hijos Manuel y Alvarito, ambos acompañados por su tío Reuquecura, respetado y temido guerrero, antiguo ñizol lonko de Ñorquinco y Aluminé. De allí todas las alarmas.


Persecuciones como la descrita por Nawelpi eran habituales en aquellos años. Lugar de tránsito y refugio, la cordillera de los Andes se volvió prioridad para los ejércitos de Chile y Argentina. En palabras del historiador Tomás Guevara, “era necesario ir a buscar a los indios en sus últimos baluartes”. Y ambas repúblicas así lo hicieron.

¿Estaría Nawelpi y su gente huyendo de los soldados de Drouilly? Es muy probable. Su relato ante el etnólogo resulta conmovedor. Lehmann-Nitsche arribó a la Argentina en 1887 invitado por Francisco P. Moreno para trabajar en el Museo de Ciencias Naturales de la Plata. Doctorado en Ciencias Naturales, Medicina y Filosofía en la Universidad de Munich, dictó también clases en la Universidad de Buenos Aires y en la Escuela Nacional de Bellas Artes. A la par de sus actividades académicas, entre 1900 y 1926 se dedicó además al estudio del folclore, la cultura y la lengua mapuche. Fue, en el lado argentino, uno de los más renombrados araucanistas. En el Instituto Iberoamericano de Berlín se conserva hasta hoy su valioso archivo, incluidos testimonios de sobrevivientes de aquella infame guerra oculta.

A fines de la década pasada los académicos Margarita Canío y Gabriel Pozo encontraron allí tres mil páginas de relatos, cantos y cartas, así como fonogramas, recogidos a principios del siglo XX. Lehmann-Nitsche pretendía publicarlos en su Alemania natal bajo el título "Textos araucanos", pero nunca llegó a hacerlo. Canío y Pozo los ordenaron, tradujeron y publicaron en versión bilingüe el año 2013 en un libro imprescindible: "Historia y Conocimiento Oral Mapuche. Sobrevivientes de la campaña del desierto y ocupación de la Araucanía (1899-1926)". No conformes con ello, años más tarde se abocaron a la realización de “Memoria implacable (Marichi Tukulpan)”, documental donde Margarita Canío rehace la huella trasandina de Katrilaf, joven prisionero de guerra cuyo testimonio forma parte del archivo alemán.

Narrado íntegramente en mapuzugun —un notable acierto de su directora, la cineasta Paula Rodríguez Sickert— el filme reconstruye la penosa travesía que terminó con Katrilaf y otros mapuche cautivos en Buenos Aires. Desde el cordillerano territorio neuquino, donde es capturado, a la costa atlántica y de allí al puerto fluvial de Carmen de Patagones para ser embarcado a la capital. Es el camino que Margarita Canio rehace con una emotiva escala en Valcheta, ciudad donde operó uno de los mayores campos de prisioneros de la época. "La historia del campo de concentración no te la cuentan acá en la escuela, ni en primaria ni en secundaria, la tratan de ocultar" le dirá uno de sus interlocutores locales. Así es la historia escrita por los vencedores: siempre incompleta, parcial.

Memoria Implacable lejos está de ser propaganda: es historia, es memoria y es archivo. O bien contra-archivo. Todo lo que relata sucedió y está documentado. Es otro de los aciertos del filme: exponer, sin panfletos, el drama humano que significó la guerra, todo ello en la voz de un testigo directo. Canio lo hace, sabiamente, desde el yamuwün (respeto) y sin prejuzgar. Mucho menos a su protagonista. Sucede que Katrilaf —ahora con nombre winka— terminará sirviendo al mismo ejército que lo había desterrado con violencia de sus montañas y bosques. Mejores opciones no tuvo: era la milicia o la esclavitud en alguna estancia bonaerense o ingenio azucarero. O, en el peor de los casos, reclusión de por vida en la isla Martín García, otro campo de concentración del cual nada se habla ni se enseña. Hágase un favor y vea este documental, en familia si es posible.



 
 
 

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