• Pedro Cayuqueo

El Cautinazo

Fue una de las mayores movilizaciones que debió enfrentar el recién asumido presidente Salvador Allende en 1970. Tuvo como protagonistas a los mapuche y su estudio arroja valiosas lecciones.



“¿Qué consejo darías a Gabriel Boric respecto de la Araucanía?”, me pregunta desde Santiago la periodista Ximena Torres Cautivo. “Sé que gusta de leer historia y que admira profundamente al presidente Allende. Le recomendaría estudiar el Cautinazo, sacaría varias lecciones útiles sobre cómo tratar con el pueblo mapuche y, lo principal, cómo resolver los conflictos en el sur”, le respondo. “¿El Cautinazo?”, me contrapregunta Ximena, disculpándose por desconocer de qué se trata. En verdad bastante pocos lo saben.

El Cautinazo fue una de las más grandes protestas sociales que debió sortear el gobierno de la Unidad Popular, un gigantesco levantamiento indígena que iniciado a fines de 1969 implicó la ocupación de miles de hectáreas de tierras, usurpadas por colonos y agricultores a las jefaturas mapuche a lo largo del siglo XX. Fueron más de doscientas mil las hectáreas recuperadas por los mapuche a punta de tomas y corridas de cerco. La mayoría en Cautín y de cordillera a mar. De allí su nombre.

Descontentos con la reforma agraria que no reconocía las tierras usurpadas y llenaba de campesinos chilenos pobres los asentamientos de la CORA —“una nueva invasión winka”, recordaba mi abuelo—, decenas de comunidades optaron por ocupar los fundos de Cautín, enfrentándose a latifundistas y la propia fuerza pública. Dos años duró aquella gran movilización. Entremedio hubo violentos desalojos policiales, enfrentamientos con agricultores, muertos de lado y lado y centenares de mapuche desfilando por tribunales y calabozos sureños. Calcado a nuestros días.

Cuesta creerlo, pero ni Salvador Allende se libró de la rebelión mapuche. Tal como Pinochet más tarde. Y tal como todos los gobiernos democráticos posteriores hasta el actual de Piñera. La diferencia fue la forma en que Allende zafó del conflicto, apaciguando las aguas con la visión propia de un estadista. Primero, ordenó el traslado de parte de su gabinete a Temuco. Por semanas permaneció en la zona Jacques Chonchol, ministro de Agricultura, dialogando con los mapuche pero sobre todo escuchando y aprendiendo de ellos.

El propio Allende llegó a Temuco en marzo de 1971 para sancionar los acuerdos y garantizar su cumplimiento. Una multitudinaria concentración escuchó atenta su discurso. Llamó a los mapuche a terminar las tomas y las corridas de cercos, prometiendo atender cada uno de sus reclamos. El cineasta Raúl Ruiz, entonces comisario fílmico de la UP, fue un testigo privilegiado. Su película Ahora te vamos a llamar hermano trata de aquella junta. Y de la profunda molestia y desconfianza de las comunidades con el "Sr. Gobierno".


Dos años duró aquella gran movilización mapuche. Entremedio hubo violentos desalojos policiales, enfrentamientos con agricultores, muertos de lado y lado y centenares de mapuche desfilando por tribunales y calabozos sureños. Calcado a nuestros días.

Pero Allende dio la cara. Fruto del Cautinazo y sus acuerdos posteriores fue la Ley Indígena promulgada en septiembre del año 1972. Esta reconocía la usurpación de tierras de los Títulos de Merced, garantizando su devolución (vía expropiación) en un proceso paralelo a la reforma agraria. Dicha ley había sido elaborada por los propios mapuche y sancionada en un masivo Congreso Araucano donde altos personeros de la UP figuraban entre los invitados. Ercilla y Temuco fueron el epicentro de aquellos históricos füta trawün, ambos a la usanza de los antiguos parlamentos.

Se estima que, a septiembre de 1973, el gobierno de Allende había entregado a las comunidades mapuche un total de 152.416 hectáreas en el marco de la reforma agraria, además de otras 68.000 a través de la Comisión de Restitución de Tierras Usurpadas creada en febrero de 1972. Pero un gran porcentaje de ellas volverían a manos de los dueños de fundo tras el golpe militar y su contra reforma agraria. En parte de dicho patrimonio, despojado por segunda vez a los mapuche, se asentó la actual industria forestal.

“A los mapuches se les ha hecho promesas por más de un siglo, a sus abuelos y sus padres... Nosotros hoy consideramos que sus problemas no pueden solucionarse sólo en función de la reforma agraria”, le dirá más tarde Allende al cineasta estadounidense Saul Landau, hablando del tema en el jardín de su casa de Tomás Moro. “Aquí hay un problema antropológico cultural, de raza, de un pueblo distinto a nosotros. Este no es un problema de un día, será un problema de muchos años", vaticinó a continuación.

"Ellos a nosotros nos llaman winkas”, agregaría, pedagógico.

Razón tenía el mandatario. Los mapuche llamaban winka a los chilenos y también a sus autoridades, lo que incluía al propio Allende. Es decir, extranjeros o invasores en sus tierras al sur del Biobío. Winka koila también llamaban los mapuche a quien con artimañas engañaba o mentía, al que prometía sin cumplir lo pactado. Fueron algunos de los aprendizajes culturales y políticos que tuvo Salvador Allende con el Cautinazo. Bien haría el presidente electo en tomar nota de aquello.


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