• Pedro Cayuqueo

El "Pichi Rey" en Wallmapu

Pocos saben que el prócer chileno cabalgó con los mapuche de la pampa trasandina durante su exilio allende Los Andes. Aquí parte de esa historia.



Por estos días cabalgo con José Miguel Carrera, el “Húsar Desdichado” como lo bautizó Neruda. Hace poco se conmemoró el bicentenario de su muerte y la invitación a escudriñar en su relación con los mapuche me ha tenido largas semanas siguiendo al prócer chileno. De sus campañas en España contra Napoleón a las guerras de independencia en Sudamérica; de sus disputas de poder con O’Higgins al éxodo patriota en Argentina; de su viaje a Estados Unidos a su triste final en Mendoza, fusilado “como un bandido en tierra extraña”. Tremendo personaje Carrera.

Cuenta un amigo historiador que en buena parte del siglo XIX el devenir nacional transcurrió entre espolonazos de carreristas y o'higginistas. Es una disputa para nada olvidada, anida en lo profundo del alma nacional, me asegura. Bien lo saben los egresados del Instituto Nacional, carreristas en su mayoría. Fue una de sus grandes obras como Director Supremo junto a la Biblioteca Nacional, el periódico La Aurora de Chile y la primera Constitución Política. Por si no bastara, la primera bandera y el primer escudo nacional también son obras suyas.

Sí, de su mente salieron brillantes ideas.

Detengámonos un momento en el escudo, de particular belleza y significado. Allí figuran dos mapuche, un hombre y una mujer, flanqueando una columna dórica que a su vez es coronada por la Wüñelfe, símbolo de los estandartes mapuche desde los tiempos del toqui Lautaro. La llamada “Estrella de Arauco”. Y sobre el lucero la leyenda Post Tenebras Lux (Después de las tinieblas, la luz). Ello simbolizaba la Wüñelfe, el nuevo amanecer de un pueblo libre.

Pero aquello no era todo. En la parte inferior otra leyenda en latín, Aut Consilio Aut Ense (O por consejo o por espada), la versión original del actual Por la razón o la fuerza. Por ello solo uno de los mapuche portaba su lanza, estando su acompañante desarmada. Era la síntesis del carácter de la sociedad mapuche en los tiempos coloniales: pacíficos si eran respetados, feroces guerreros si alguien buscaba perturbarlos en su tierra. Era lo que representaba ese bello escudo patrio: a Chile mimetizándose con los kuifikeche yem, nuestra gente antigua, a Chile buscando en los mapuche su reflejo emancipador. Poesía pura.

Aclarar que aquella no fue una visión exclusiva de José Miguel Carrera. Tranquilos los o'higginistas. El “araucanismo” de los Padres de la Patria (y las Madres como doña Javiera) atrapó a todos y todas, desde los emblemas patrios a las fiestas en el Palacio de Gobierno con dress code a la usanza mapuche. Y lo hizo a escala continental con la Logia Lautaro, hermandad secreta que reunió a lo más granado de los libertadores de América, desde Bolívar a San Martín. Hablamos de los Avengers sudamericanos. O’Higgins, bien lo sabemos, también hizo lo propio. La Wüñelfe que incluyó en la bandera chilena actual y sus cartas a las jefaturas mapuche así nos lo demuestra.


Al igual que O’Higgins, Carrera mantuvo siempre nutrida correspondencia con los lonkos del Wallmapu independiente. A ellos escribía, ya sea por auxilio militar o bien para suplicar no se sumaran a la causa realista. No siempre logró lo primero. Y peor le fue con lo segundo.

Pero volviendo a Carrera, su relación con los mapuche fue mucho más allá de aquel primer escudo. Al igual que O’Higgins, mantuvo siempre nutrida correspondencia con los lonkos del Wallmapu independiente. A ellos escribía, ya sea por auxilio militar o bien para suplicar no se sumaran a la causa realista. No siempre logró lo primero. Y peor le fue con lo segundo. Sucede que los mapuche, fieles a sus tratados con la corona, no dudaban en sumar sus lanzas al bando realista. Así lo hicieron por más de una década. De ello trató la llamada Guerra a Muerte (1819-1832) que asoló las tierras del sur.

Pero hubo excepciones. Importantes jefaturas mapuche, como los Colipi de Lumaco, abrazaron la causa emancipadora. También el lonko Venancio Coñuepán de Cholchol, tal vez el más ferviente aliado de las fuerzas patriotas. El milagro fue, paradójicamente, obra de un español, don Ambrosio O’Higgins. Gobernador de Chile, Virrey del Perú y arquitecto de los últimos parlamentos hispano-mapuche, su figura era respetada entre las parcialidades de Wallmapu. De ello se valió más tarde el virreicito Bernardo.

Si a O’Higgins lo conoció por su célebre padre, con Carrera el jefe mapuche forjó un lazo en el campo de batalla, combatiendo juntos a los realistas en Chillán y San Carlos. Ello dio paso a una larga amistad que trascendió su posterior ostracismo. Lo prueba la siguiente carta, fechada el 20 de agosto de 1816 en Filadelfia, Estados Unidos, y dirigida por Carrera a su “amado amigo y paisano Venancio”:

“Supongo en tu poder las cartas que te escribí el año pasado desde Buenos Aires y las que he remitido en varios buques que han ido de esta tierra [...] Sé constante, buen araucano, anima a tus buenos compañeros, lleva la guerra sobre esos tiranos españoles que quieren robarnos nuestras fortunas. Yo te juro que luego acabaremos con ellos y entonces pasaré a visitarte en tu malal y pasaremos juntos algunos días muy alegres”.

Pero aquella junta nunca tendría lugar. Tras regresar de Estados Unidos a Buenos Aires, Carrera se vio involucrado en cuánto entrevero político protagonizaban los caudillos argentinos. Buscaba allí, desesperado, aliados para su expedición a Chile. La traición de Estanislao López en Santa Fé significó su debacle militar. Y también su ruina económica. “Se encontraba desnudo de todas las dotes de su antiguo poder; el faro de la gloria había extinguido su luz”, escribirá Barros Arana.

Hasta que los mapuche de la banda oriental —históricos adversarios de los porteños— acudieron en su auxilio.

En 1820, jefaturas del Mamül Mapu, territorio de las pampas, le otorgaron asilo político junto a sus diezmadas tropas montoneras. Sabemos de ello gracias a las memorias de un testigo directo, el oficial irlandés William Yates, su fiel compañero de aventuras y desventuras allende Los Andes. Su relato apareció publicado por primera vez en 1824 como un Apéndice de las memorias de la viajera inglesa Maria Graham, aunque solo en su edición en inglés.

El tema principal de las memorias de Yates lo constituyen las guerras civiles trasandinas en 1820 y la campaña de Carrera el año 1821. En ambas el joven oficial irlandés estuvo presente al lado del prócer chileno.

Cuenta Yates que un antiguo capitán de la frontera del Biobío en tiempos de la Patria Vieja, subalterno de Carrera y que había preferido “largarse a vivir entre los salvajes” de la pampa —un patriota “mapuchizado”— fue quien comprometió a los mapuche a su favor. “Aunque rondaba ya los ochenta años de edad, había deseado todavía ser útil a su general”, relata Yates. Guelmo era el nombre que había adoptado entre los mapuche.

Carrera, acorralado con sus hombres, necesitaba de manera urgente refugio, provisiones y caballos. Y los lonkos, conocedores de su genio militar y renombre, un aliado frente al progresivo avance de la frontera bonaerense sobre sus dominios. Era una relación ganar-ganar. Dos meses pasó en las tolderías rankülche, refugiado de un cerco militar que sus enemigos políticos en Santiago, Mendoza y Buenos Aires ya cerraban fatalmente.

Con los lonkos parlamentó y cabalgó, siendo parte incluso de malones fronterizos. “Pichi Rey”, pequeño rey, se cuenta que lo bautizaron por sus modales aristocráticos. Su sueño siempre fue volver a Chile. Si no tenía éxito “seré Araucano y cuanto menos no vivirán en paz los tiranos”, escribió a su hermana Javiera desde Rosario el 26 de octubre de 1820. Tras marchar al año siguiente sobre San Juan y ser derrotado en el Médano, la traición y la muerte le privaron de ambos anhelos.

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