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  • Foto del escritorPedro Cayuqueo

El sabio que visitó Wallmapu

En 1845 el polaco Ignacio Domeyko, años más tarde rector de la Universidad de Chile, recorrió el territorio mapuche. Sus impresiones las plasmó en dos obras que no pueden quedar en el olvido.



Hace poco se conmemoró el natalicio del sabio polaco Ignacio Domeyko (1802-1889), destacado intelectual y pedagogo cuya labor en Chile también estuvo ligada al pueblo mapuche. Domeyko nació en 1802 en Niedzwiadka, una provincia polaca de Lituania bajo ocupación rusa. Pertenecía a una familia de la antigua nobleza de su país por lo que de niño tuvo acceso a una amplia cultura: era apasionado por las artes, la música y gustaba del dibujo y la pintura. A temprana edad llegó a dominar perfectamente el latín, el francés y el alemán, además del castellano y el inglés escrito. De inteligencia prodigiosa, a los 15 años fue aceptado en la Facultad de Ciencias Naturales de la afamada Universidad de Vilna, donde además integra sociedades secretas para rescatar la cultura polaca de la dominación rusa.

Fue tras la revolución de 1831 contra los rusos, donde se unió a los insurgentes, que llegó exiliado a París. Allí, con 29 años, inició sus estudios de ingeniería en minas, especialmente geología, campo de las ciencias que conectaba con su amor de infancia por la observación de la naturaleza. En 1838, por intermedio del comisionado Carlos Lambert, fue contratado por el Gobierno chileno para desempeñarse como profesor de mineralogía en la zona norte, desafío que su espíritu aventurero no pudo rechazar. Allí ayudó a fomentar el desarrollo minero mediante el conocimiento geológico del territorio, la renovación de las técnicas de explotación y la formulación de nuevas leyes de fomento. La cordillera de los Andes, llena de minerales, lo fascinó desde su arribo a Chile, también aquellas zonas inexploradas del país que se propuso recorrer y documentar.

Fue así que entre 1840 y 1846 realizó numerosas expediciones. Domeyko estudiaba la naturaleza en terreno, de cerca: trepaba las cumbres, recorría los valles, cabalgaba las costas, ni los cráteres de los volcanes escaparon a su curiosidad. De estas excursiones brotaron los estudios y memorias científicas que le dieron justo renombre de sabio. Una de ellas, durante el verano de 1845, fue al entonces territorio independiente de los mapuche, al sur de la frontera del río Biobío, una misión no oficial apoyada por el gobierno de Manuel Bulnes y que contó con la autorización de importantes lonkos. Domeyko buscaba conocer a sus habitantes y describir el territorio, pero también proponer al gobierno la mejor manera de incorporarlo al estado republicano.

Sus descripciones detalladas de las costumbres, organización social y gobierno mapuche, además de las selvas de aquel “país araucano” que lo impactan por su abrumadora belleza, fueron plasmadas en dos obras: Viaje a la Araucanía en 1845, que da cuenta de su derrotero, y Araucanía y sus habitantes, donde profundiza en la sociedad mapuche. Publicadas en 1846, sus obras sorprenden a muchos. Sucede que Domeyko retrata un territorio y un pueblo mapuche nada de bárbaro o salvaje, creencia mayoritaria en aquella época de racismo científico y apogeo del discurso civilización versus barbarie. La suya fue la mirada del viajero cosmopolita capaz de sorprenderse con culturas ajenas a la propia. Si hasta llegó a comprar en Valparaíso un ejemplar del poema épico La Araucana, obra que luego cita de manera profusa en su diario de viaje.


Una de sus más célebres expediciones, realizada en el verano de 1845, fue al entonces territorio independiente de los mapuche, al sur de la frontera del río Biobío, una misión no oficial apoyada por el gobierno de Manuel Bulnes y que contó con la autorización de importantes lonkos.

“Tucapel, Nacimiento y Santa Bárbara pueden considerarse como los puntos más avanzados de la civilización chilena; y pasando por allí hasta el río Cruces tienen los indios más de mil leguas cuadradas de un territorio que nunca se ha rendido al yugo de un gobierno fijo desde la memorable destrucción de las siete ciudades españolas, acaecida a principios del siglo diecisiete […] Nada de bárbaro y salvaje tiene en su aspecto aquel país: casas bien hechas y espaciosas, gente trabajadora, campos extensos y bien cultivados, ganado gordo y buenos caballos, testimonios todos ellos de prosperidad y de paz", relata el sabio, valorando de entrada el valor de los mapuche para defender su territorio durante siglos del avance español.

Domeyko es explícito en señalar que una de las motivaciones que lo llevaron a la vieja Frontera, en un recorrido que finalizaría en Osorno, fue su admiración por este amor a la libertad de los mapuche. "¿Acaso no es digno de ser visto un país libre, independiente, aunque salvaje, que permaneció hasta el día de hoy tal como fue hace tres siglos, antes de la llegada de los conquistadores de alma de fuego, vestidos de aceros? ¿Por ventura no es asunto de interés conocer al americano indígena, hasta ahora independiente, amo y señor de su tierra?", se pregunta. A juicio de varios estudiosos de su obra, los otrora afamados araucanos le recuerdan su amada Polonia y su lucha por la libertad contra los rusos. De allí su entusiasmo, concluyen.

Muchas dificultades no tuvo para convencer a unos de sus discípulos del liceo de La Serena, el joven Miguel Munizaga, para emprender juntos la travesía por la costa de Arauco. Todo lo que ven los sorprende. "El indio en tiempo de paz es cuerdo, hospitalario, fiel en los tratos, celoso del propio honor. Su genio y sus maneras son más suaves y casi diré más cultas, en cuanto a lo exterior, que las de la plebe en muchas partes de Europa […] Grave y muy formal en su trato, sabe respetar la autoridad, dispensando a cada cual el acatamiento y cariño que le corresponde […] cualquier viajero que se limite a observar su trato, su bienestar físico y las comodidades de que goza, su juicio y su buen sentido, su cordura y su hospitalidad afable, no lo tomará por cierto por un salvaje ni bárbaro: antes por el contrario lo consideraría aventajado a algunos pueblos del mundo cristiano”, subraya.

"Mari mari peñi", es el recibimiento que Domeyko encuentra en todas las parcialidades y que traduce con la expresión “¿cómo estás, amigo?” en su diario de viaje. Es la célebre hospitalidad mapuche destacada en el mismo siglo XIX por otros viajeros, desde el norteamericano Edmond Reuel Smith en su visita al toqui Mañilwenu, al coronel Lucio Mansilla y su célebre excursión a las pampas trasandinas. Un episodio en especial, vivido durante el cruce del río Imperial, resumen para el polaco el carácter afable de sus anfitriones.

"No nos tomó mucho tiempo el cruce del río Imperial (es decir, Cautín), a cinco o seis millas de la desembocadura. El cacique ya tenía preparados para nosotros un bote y algunos indios de la vecindad para nuestro servicio. El bote, hecho de un solo tronco ahuecado, era suficientemente amplio y seguro; el curso del río era lento y no había viento. Se desensillaron los caballos y se descargaron las mulas. Estábamos totalmente a merced de esos hombres calificados injustamente de salvajes. Si quisieran, habrían podido impunemente robar y ahogarnos. Ellos mismos bajaron con sus manos al bote nuestras cosas y al otro lado del río entregaron todo a nuestros criados, y cuando el cacique me notó algo preocupado por mi mochila, dijo en castellano: “Aquí no tienes nada que temer, allí te robarán los chilenos”, escribe Domeyko.

Cierro con lo siguiente. En tiempos en que ya se discutía en círculos políticos y de hacendados una posible invasión militar, Domeyko advirtió que la fuerza sería el peor mecanismo para integrar la Araucanía al estado, subrayando que la escuela y la evangelización eran los caminos indicados, respetando las costumbres y jurisdicción de los lonkos. Sería su posición inclaudicable en un debate que décadas más tarde culminaría con el avance militar chileno-argentino (1860-1885) sobre el país mapuche. Domeyko, quien con los años se radicó definitivamente en Chile, llegó a ser profesor del Instituto Nacional y nada menos que rector de la Universidad de Chile, ello entre los años 1866 y 1883. Hablamos de uno de los más destacados hombres públicos del siglo diecinueve. No permitamos que su inmenso legado, así como su genuina admiración por los mapuche, se pierdan en el olvido.

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