• Pedro Cayuqueo

Incendios en Wallmapu

Los recurrentes incendios en temporada veraniega una vez más tienen a los mapuche como los sospechosos de siempre. El último en deslizar tal conexión fue el subsecretario del Interior, Rodrigo Ubilla, quien apuntó contra la "causa mapuche". Acusaciones carentes de absoluto respaldo y que transparentan un racismo vernáculo.



Ya es toda una caricatura. Asociar incendios y mapuches. Hay hasta bromas al respecto, chistes que más de uno ha debido enfrentar estoico en cenas familiares, juntas con amigos o en algún show capitalino de stand-up comedy. El racismo, dicen los estudiosos, adquiere múltiples formas. El humor es una de ellas. Algunos dicen lo fomenta. No lo creo, la verdad. Para mi el humor lo expone y ridiculiza ante la sociedad. Y también problematiza si el artista es talentoso y lúcido de verdad. Eso siempre se agradece.

Pero una cosa son los humoristas -cuya libertad para reirse de todo es un buen estándar de madurez democrática- y otra las autoridades de gobierno. Y allí tenemos en Chile un serio problema. Porque atribuir conductas a un grupo étnico es la definición clásica de racismo. Más aún si trata de conductas delictivas. Y las autoridades lo hacen con los mapuche con demasiada frecuencia. Aquello, créanme, nada tiene de gracioso.

El último caso fue el subsecretario del Interior, Rodrigo Ubilla, quién al hacer un balance de las últimas emergencias en Chile no dudó en asociar los incendios en Araucanía a la “causa mapuche”. Lo dijo en La Tercera tras ser consultado por los dichos de otra autoridad, el alcalde de Temuco, Miguel Becker (RN). Este había responsabilizado a “delincuentes terroristas” de la seguidilla de incendios en la región. Donde dice "terroristas" léase mapuches. Allí otra relación bastante retorcida y habitual. Mapuches y terrorismo.

Lo de Miguel Becker no es nuevo. Solo contar que se ha negado por años al izamiento oficial de la bandera mapuche en Temuco. Lo hacen municipios de todo Chile, incluidos los balnearios de Pucón y Villarrica. En su caso podríamos hablar de un tipo de conducta recurrente. No por ser descendiente de alemanes, aclaro. Aquello sería un comentario racista de mi parte. Lo suyo es simplemente ignorancia. Y tontera. Lo terrible es que se trata de una enfermedad contagiosa.

“En la Región de La Araucanía sí hay terrorismo y los que lo quieran negar están tratando de tapar el sol con un dedo”, señaló con tono severo el Presidente Piñera en su reciente visita a la región. Contarle al mandatario que lo niega incluso el Fiscal Nacional, Jorge Abbott. También los ministros de la Corte Suprema, Corte de Apelaciones y una mayoría de los jueces sureños que tramitan causas relacionadas al conflicto. Suponemos que ninguno sabe de leyes. O de tipificación de delitos.


Lo de Miguel Becker no es nuevo. En su caso podríamos hablar de un tipo de conducta recurrente. No por ser descendiente de alemanes, aclaro. Aquello sería un comentario racista de mi parte. Lo suyo es simplemente ignorancia. Y tontera. Lo terrible es que se trata de una enfermedad contagiosa.

Las declaraciones de Piñera tuvieron como escenario un sector rural de Carahue devastado por el fuego. Y buscaban claramente reafirmar lo antes dicho por el alcalde Becker y el subsecretario Ubilla. El “mono”, como se conoce en jerga televisiva la imagen del momento, buscaba lo mismo; potenciar un imaginario que la derecha regional asegura apocalíptico. Mapuche, terrorismo e incendios. Aquella fue la triada a subrayar en la previa de su polémico viaje a Cúcuta.

Carahue ejerce una extraña fascinación en los gobiernos de derecha. En 2012, tras una trágica temporada veraniega de incendios, siete brigadistas forestales perdieron allí la vida combatiendo las llamas. Hasta allí llegó el entonces ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, para querellarse por ley antiterrorista contra la CAM. Según Hinzpeter, los verdaderos y únicos responsables de la tragedia eran los mapuche radicales. Me tocó reportear el caso. Y constatar la sorpresa de los carahuinos ante una hipótesis oficial tan prejuiciosa como descabellada.

No fui el único que reporteó el caso. Un equipo de periodistas, estudiantes de periodismo y docentes de la Universidad de la Frontera se sumergió a fondo en la tragedia. Y sus conclusiones, en concordancia con la investigación judicial, fueron lapidarias. Tras el incendio no estaba la CAM. Más bien el negocio del monocultivo forestal, la desidia del Estado con su sistema de emergencias y la precariedad laboral de los brigadistas, verdaderos “temporeros” del fuego. Todo ello lo cuentan en el libro “Vidas de papel” publicado en 2014. Lo recomiendo a todos, incluido Piñera.

A propósito de libros e incendios en el sur. Estoy leyendo las interesantes memorias del general Estanislao del Canto, quien siendo un joven oficial sirvió bajo el mando de Cornelio Saavedra. Catorce años estuvo en la Frontera, participando de campañas que no duda en calificar de “inhumanas y rudas”, evocando los días en que partían al interior de las selvas y reductos mapuche mientras sus jefes les daban fósforos a soldados y oficiales obligándoles a prender fuego a las rucas, los bosques, sembradíos y devastar todo a su paso.

“Más de una vez ante aquella crueldad e injusticia estuve tentado a pasarme al lado de los araucanos y hacerme solidario con ellos en su defensa de la tierra y de sus derechos que nosotros les íbamos a arrebatar”, comenta quien años más tarde destacaría como uno de los oficiales más prestigiosos de la Guerra del Pacífico. Emotivo el testimonio del general. Y es que la región de la Araucanía sabe de incendios. Y los mapuche también. Nuestros bisabuelos los sufrieron en carne propia.



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