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  • Foto del escritorPedro Cayuqueo

La Guerra del Pacífico y el secreto plan francés de una sublevación mapuche

La Guerra del Pacífico alteró por completo el escenario geopolítico del Cono Sur. Y si bien pospuso la fase final de la ocupación chilena del Wallmapu, posibilitó en el oriente el avance definitivo de Argentina.



Corre el año 1878. La oportunidad para que Chile y Argentina puedan dar el golpe final a los mapuche no podía ser más propicia al coincidir dos viejos conocidos como flamantes ministros de Guerra en sus respectivos países: los generales Cornelio Saavedra y Julio Argentino Roca. Las voces públicas que clamaban por una acción militar conjunta también eran coincidentes en uno y otro lado de la cordillera de los Andes. "El patriotismo y el esfuerzo combinado de ambas repúblicas daría un resultado brillante y grandioso, porque mientras nosotros arrojamos al sur del río Negro a los araucanos del este o puelches, Chile podría operar de acuerdo a nuestro ejército y marchar de frente del Malleco al Toltén, obligándolos a someterse a discreción. Esta victoria no solo sería fecunda para Chile, sino también para la República Argentina, porque mientras haya indios en los territorios chilenos existirá el peligro de una confederación", escribe por entonces el cronista y asesor del general Roca, Estanislao Zeballos.

Coincidía en aquello el más influyente promotor de dicha alianza militar, el coronel Manuel José Olascoaga. Nacido en Mendoza en 1835, fue la típica personalidad polifacética del siglo XIX en la que se conjugaban las armas, las letras y un espíritu de aventura propio de su época. Se dedica por igual a los estudios topográficos, la plástica, el periodismo y también a la crónica histórica. Tal vez por ello —esgrimen sus biógrafos— habría destacado en las “guerras indias” más por la pluma que por el Remington. Y en la pluma vaya si destacó. En 1862 fue el encargado de elaborar, por encargo del gobierno argentino, una memoria y un plan de defensa “frente a los indios” y sus “veinte mil leguas” de territorio independiente, así como estudios topográficos de la línea de fortines, desde Melincue a San Rafael. El año 1864, en tanto, sería nombrado jefe de la Frontera Sur con asiento en Mendoza. Como muchos militares de aquel tiempo, Olascoaga no escapó de cuanto entrevero político vivió Argentina, siendo desterrado a Chile en 1867 por su apoyo a la revuelta de los Colorados que enfrentó a los federales contra el presidente Mitre.

Fue en 1869 —y atendiendo su prestigio como militar y topógrafo— cuando Cornelio Saavedra lo invitó a ser parte de las campañas al sur del río Biobío. Dicha experiencia lo transformaría con los años en el principal promotor de una alianza entre Chile y Argentina contra las jefaturas mapuche. Es una idea que expone en círculos políticos y castrenses, pero también en tribunas públicas, entre ellas el periódico de humor gráfico La Linterna del Diablo fundado por el mismo Olascoaga en Santiago. Otra de sus tribunas era el influyente periódico chileno El Ferrocarril. Así se expresa el militar en un artículo titulado Ocupación del territorio indígena y publicado el 18 de agosto de 1870: "Hoy que el gobierno argentino va a traer su frontera sur al río Negro. ¿Será posible que la de este lado no se complete por la línea acordada del Toltén que está en su mismo paralelo? ¡Cuánto van a ganar ambos países el día que, puestos en combinación, estorben a los indios araucanos y de la pampa la guarida de impunidad que tienen detrás de la cordillera! El señor Cornelio Saavedra ha demostrado ya con precisión en sus memorias la importancia estratégica de la línea militar del Toltén para el definitivo sometimiento de Arauco", expone el militar.

Tras servir varios años junto a Saavedra, Olascoaga regresó a Buenos Aires reintegrándose al ejército argentino en junio de 1877. Su nueva destinación fue en Río Cuarto bajo las órdenes del general Roca, quien al ser nombrado ministro de Guerra y Marina lo designó nada menos que su secretario personal. Tal era el adverso escenario para los mapuche en 1878, con ambas repúblicas en inmejorable posición para aunar esfuerzos. Sin embargo, tal coordinación añorada por Zeballos y promovida por Olascoaga no pudo concretarse. Sucedió que un sorpresivo zafarrancho de combate modificó los planes. Aconteció el 5 de abril de 1879 en el norte de Chile: había estallado la llamada guerra “del Pacífico” en contra de Perú y Bolivia. Ello cambió todo. El veterano Basilio Urrutia fue nombrado Ministro de Guerra y Marina en reemplazo de Saavedra quien asumió el mando de tropas en el norte. En los meses siguientes, todo el Ejército de Línea fue movilizado desde Angol hacia la guerra en el desierto y la pampa nortina, quedando los voluntarios de la Guardia Nacional a cargo de la Frontera.

Para las jefaturas mapuche dicha guerra no fue una sorpresa.

Durante meses los lonkos habían seguido las noticias que daban cuenta del escalamiento del conflicto con Bolivia en los periódicos de la Frontera. Y una eficiente red de espías los mantenía al tanto de aquello que no se publicaba: compra de armamento, reclutamiento de tropas o llegada de pertrechos a los puertos, datos claves de inteligencia para sus comandancias. La información llegaba hasta Angol vía telégrafo y pronto era retransmitida por hábiles y sigilosos mensajeros al interior de la selva mapuche. Lo cuento en el tomo uno de la saga Historia secreta mapuche; es muy probable que el mismo 14 de febrero de 1879 los lonkos se hayan enterado que el Ejército chileno había ocupado Antofagasta a modo de presión a Bolivia. Y que una vez estallada la conflagración varios de los generales al mando de las tropas winkas eran veteranos de las guerras en Wallmapu. La guerra en el norte detenía el avance del estado chileno en la Línea del Malleco, posponiendo las campañas. Era un nuevo escenario político observado con atención no solo por los mapuche. También lo era desde el otro lado del Atlántico.


Durante meses los lonkos habían seguido las noticias que daban cuenta del escalamiento del conflicto con Bolivia en los periódicos de la Frontera. Y una eficiente red de espías los mantenía al tanto de aquello que no se publicaba: compra de armamento, reclutamiento de tropas o llegada de pertrechos a los puertos, datos claves de inteligencia para sus comandancias.

Una carta fechada el 25 de mayo de 1879 da cuenta del interés que en Europa desató la Guerra del Pacífico y del ajedrez geopolítico que implicaba su desarrollo tanto para el Cono Sur de América como para el devenir del pueblo mapuche. La escribe el ciudadano francés George Hudys al ministro de Relaciones Exteriores de Bolivia y presidente del Consejo de Ministros, Pedro José Domingo de Guerra. Su propuesta: que Bolivia aprovechase el estado de guerra de los mapuche para debilitar a Chile en su frontera sur y de paso las pretensiones argentinas sobre Patagonia. Pero no solo eso. "Durante más de dos años, 1875-1877, viajé por América del Sur, que conozco bien gracias a mis estudios. Al no existir un equilibrio geopolítico en América del Sur, la creación de un nuevo estado entre el río Colorado y el río Negro iniciaría tal equilibrio. Para ello Bolivia tendría que tener aliados o más bien alzar a los araucanos contra Chile por el sur", aconseja Hudys al alto personero del gobierno boliviano. "Este abogado de Periguex [en referencia a Orelie Antoine] que vivió entre ellos y que tan bien había sabido juzgar su carácter fue objeto de burlas durante mucho tiempo en Europa. Pero una estancia de varios meses también me permitió apreciar lo mismo", agrega en la misiva.

El plan de Hudys sorprende por su concordancia con la fallida empresa de Orelie Antoine de establecer, en la década anterior, una monarquía constitucional bajo la protección de Francia. "Las operaciones a iniciar con los araucanos tendrían el siguiente objetivo: Concepción, que los araucanos devastaron en 1554, 1663 y más recientemente en 1823. Haciendo las concesiones justas para obtener su ayuda, tendríamos en ellos un poderoso medio de acción para dividir a Chile en dos mediante una invasión araucana en Concepción. Por su medio también se fundaría un nuevo Estado en el suroeste de Chile que, extendiéndose hasta el Atlántico, limitaría las pretensiones de La Plata sobre la Patagonia", expone Hudys, dando a entender su cabal conocimiento de la condición de territorio aun independiente del Wallmapu. "Sólo le estoy dando, señor, una ligera visión general del enorme peso que pueden tener los araucanos en la cuestión actual. Si considera que vale la pena estudiar mis ideas, me pondría enteramente a su disposición. Mis simpatías por América del Sur y especialmente por algunos de sus Estados nacieron de la asociación con mi amigo, el eminente y fallecido Sr. Camacho, y la del Sr. Bolívar", agrega en la misiva. "Cualesquiera que sean sus conclusiones de las consideraciones que acabo de expresar, estaré encantado de recibir su valoración al respecto y, si fuera necesario, de enviarle un estudio largo y serio sobre este vasto tema", concluye.

Pero el francés no era el único que observaba atento el tablero de ajedrez geopolítico originado en la región por la Guerra del Pacífico. También lo hacían desde Argentina el general Julio Roca y sobre todo su principal asesor, el coronel Olascoaga. Consideraciones de todo tipo se entrecruzaban por los acontecimientos en el norte andino. En pleno proceso de expansión territorial y consolidación de fronteras estatales, la hipótesis de un conflicto armado entre Chile y Argentina por el botín territorial mapuche no era en absoluto descabellada. Lo reconocería, un año más tarde, el propio Olascoaga en uno de sus tantos escritos. "De mantenerse las fronteras como estaban un ejército chileno hubiera podido pasar impunemente la cordillera de los Andes, tomado posesión del río Negro y lanzado una nube de bárbaros protegidos por tropas regulares sobre nuestras dilatadas fronteras. De esta manera la guerra con Chile la hubiéramos tenido en San Rafael, Río Cuarto, Junín, 25 de Mayo, Azul y Bahía Blanca. Era todo un flanco abierto que el menos experto de los enemigos no habría dejado de aprovechar", escribió.

Roca, quien tras la sorpresiva muerte de su antecesor en el ministerio de Guerra, Adolfo Alsina, ya vislumbraba una futura carrera presidencial, no dudó en tomar cartas en el asunto. Fue así que con fecha 26 de abril de 1879 ordenó la marcha al sur de la mayor expedición militar de la cual se tuviera registro en Wallmapu: cinco columnas militares compuestas por seis mil hombres y cuyo avance hasta el río Negro resultó imparable para los guerreros mapuche. La compra por parte de Argentina al Ejército de los Estados Unidos de diez mil fusiles Remington fue el factor decisivo. Muerto Calfucura (1873) y desarticulada su otrora poderosa Confederación, la superioridad militar winka ya no tenía contrapeso. “Tenemos seis mil soldados armados con los últimos inventos modernos de la guerra para oponerlos a dos mil indios que no tienen otra defensa que la dispersión, ni otras armas que la lanza primitiva”, subrayaría el propio Roca en la Orden del Día que aquella jornada distribuyó a sus oficiales en su Campamento General de Carhué. Y así fue. En dos meses lograron ocupar la totalidad de la llanura hasta más allá de los ríos Negro y Neuquén, arrasando con las tolderías a su paso. Hoy sabemos que ya en septiembre de 1878, mucho antes de la Guerra del Pacífico, Argentina se encontraba organizando su ofensiva. Buscaban evitar cualquier proyección de Chile hacia el Atlántico. Y de paso poner irremediable fin a la memorable independencia mapuche de siglos.

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