• Pedro Cayuqueo

Los mapuche y el 11S

Hace 10 años escribí esta columna. Trata del atentado a las torres gemelas y mis reflexiones sobre aquella jornada. Fue incluida en mi primer libro "Solo por ser indios" (Catalonia, 2012).



El domingo se cumplieron 10 años. Una década. Cómo pasa el tiempo. El ataque de Al Qaeda a los Estados Unidos fue, para mi generación, el equivalente a la muerte de John Lennon para mis padres. O bien el bombardeo a La Moneda, otro 11S de fatídico recuerdo. ¿Qué hacía yo mientras los aviones se estrellaban en Nueva York? Dormía. Sí, dormía, en mi cuarto del Hogar Pelontuwe, albergue estudiantil en las cercanías de la UFRO. Por aquel entonces era un activo dirigente y una interminable asamblea, que culminó de madrugada, me había dejado literalmente fuera de servicio.

No recuerdo quién fue a gritar a mi puerta pero su mensaje no lo olvidaré jamás: "Peñi Pedro, están atacando con aviones a los gringos". Corto y preciso. Me levanté de mala gana, pensando se trataba de una broma (sí, los mapuche somos bastante bromistas). Luego acudí al comedor del albergue, a esa hora ya repleto de estudiantes. Nadie despegaba la vista del televisor. No vi cuando los aviones se estrellaron. Me bastó ver los derrumbes. No recuerdo ningún afafán (celebración). Tampoco burlas por la trágica suerte de aquellos miles asesinados en vivo y en directo. Todo fue silencio. Silencio y una pena infinita.

Fue rara aquella mañana. Nosotros, los "mapuche terroristas", los residentes de aquel "nido de delincuentes" —así gustaban llamar a nuestro hogar las autoridades— paralizados ante los efectos del verdadero terrorismo global. ¡Qué lejos estábamos nosotros de aquellos pilotos suicidas! Para detener los intentos del gobierno por clausurar el albergue y dejarnos en la calle, apenas nos atrevíamos a montar barricadas. Y cuando podíamos, una que otra escaramuza con la fuerza policial, una tontera como ejercicio político pero una maravilla para quemar calorías y desahogar frustraciones.

Si nosotros éramos para el gobierno "terroristas", qué vendrían a ser esos saudíes prolijamente depilados que esa mañana se cobraban miles de vidas en Nueva York. Fue la pregunta que nadie hizo en voz alta pero que rondó como fantasma entre nosotros. No nos despegamos del televisor en todo el día, lo recuerdo. La noche siguiente convocamos a un Foro sobre Medio Oriente. Buscábamos, de alguna forma, comprender el horror. Y también los alcances políticos de la estupidez humana. En el auditorium hubo un lleno total.


No recuerdo quién fue a gritar a mi puerta pero su mensaje no lo olvidaré jamás: "Peñi Pedro, están atacando con aviones a los gringos". Corto y preciso. Me levanté de mala gana, pensando se trataba de una broma (sí, los mapuche somos bastante bromistas). Luego acudí al comedor del albergue, a esa hora ya repleto de estudiantes.

Desde aquel día dos veces he visitado la ciudad de Nueva York. La primera, el año 2008, invitado por la Universidad de Pensilvania y la segunda en mayo recién pasado como periodista a cubrir el Foro Indígena de la ONU. En ambas oportunidades he recorrido la Zona Cero, transitado aquel perímetro enjaulado que esconde, a ojos del turista, una gigantesca cicatriz imposible de borrar de Manhattan y, sospecho, del alma estadounidense. Estar allí sobrecoge. Tanto por la magnitud del desastre como por la férrea voluntad de los neoyorkinos de no dejarse abatir. Y más allá del discurso oficial rescatar valiosas lecciones.

"¿Qué opina usted del memorial?", pregunté en mi última visita a una amable jubilada con quien compartí banca y conversación en Liberty Plaza, a pocos pasos de las obras. "Me parece bien. Nos recordará de lo que somos capaces como especie humana", me respondió. "¿Sabía usted que somos los únicos animales capaces de planificar, racionalmente, el exterminio de nuestros pares en el planeta?... Lo hace el gobierno con sus guerras y cada tanto alguien nos responde con la misma moneda. Eso es para mí este lugar; un recordatorio", concluyó.

Es raro escribir sobre el 11S, reflexionar sobre sus alcances y obviar que a diez años del mayor acto de terrorismo global ciudadanos de mi pueblo son juzgados en Chile bajo los mismos cargos que podrían enfrentar los jerarcas de Al Qaeda. ¿No me cree? Está sucediendo, por estos días, en el Tribunal Oral en lo Penal de Temuco. Me refiero al juicio oral contra los dirigentes Mauricio Waikilao y Luis Tralcal, ambos acusados de "terrorismo" por parte del Ministerio Público. De terrorismo sin terror, debería especificar la fiscalía.

Puede sorprender pero sobre Waikilao y Tralcal no pesa ningún atentado indiscriminado contra población civil. Ningún muerto, ningún herido, mucho menos algún Boeing 757 de LAN estrellado contra la céntrica Torre Campanario, nuestro único rascacielos local. No, sobre ambos lo que pesan son "amenazas de cometer delitos terroristas", rebuscada acusación que haría sonrojar a cualquier tribunal medianamente decente. ¿Da para sorprenderse lo que traigo a colación? En absoluto. Hay otros casos y peores.

El año 2003, un supuesto plan mapuche de volar todo el centro de Temuco —sí, leyeron bien— fue denunciado en el marco de un caso judicial de características kafkianas. Lo plantearon los fiscales al presentar cargos por "asociación ilícita terrorista" contra una veintena de mapuche militantes de la CAM. Me refiero a la hoy olvidada Operación Paciencia, un fiasco judicial de antología, responsabilidad del entonces Subsecretario del Interior y actual miembro del Tribunal Constitucional, Jorge Correa Sutil (DC).

Tras un año en prisión preventiva y un maratónico juicio de dos meses, todos los acusados fueron absueltos y dejados en libertad sin cargos. De los conspirativos planes mapuche, que incluían un sofisticado sabotaje a la red de gas domiciliario de Temuco, nunca más se supo. Ocho años han transcurrido, tan solo dos años menos que el ataque de Al Qaeda al corazón financiero y militar de los Estados Unidos. El mismo que hizo entender a muchos de qué hablamos cuando en verdad hablamos de terrorismo.

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