• Pedro Cayuqueo

Polvo de estrellas

Mi anterior columna gatilló una particular "carta al director" en el diario Austral de Temuco. En ella su autor cuestiona el real valor de las lenguas indígenas y el carácter originario de nuestro pueblo.



Quisiera responder una carta enviada al diario Austral y referida a mi anterior columna "Ineptos interculturales". La firma Mario Molina y fue publicada el nueve de abril del presente año. En resumen su autor cuestiona la “utilidad” de enseñar las lenguas indígenas a los escolares de Chile. “¿De qué le sirve a un niño?”, se pregunta, tildando a los mapuche como “cultura de poca propagación” y a nuestra lengua como poco útil en contraste, por ejemplo, con el inglés, lengua “de uso universal en un mundo cada vez más integrado”, según subraya en la misiva. Dos comentarios al respecto.

Primero, la utilidad de enseñar mapuzugun para mi resulta obvia; dotar a los niños y niñas de nuestra región de un capital cultural e intercultural del cual sus padres hoy en día carecen. ¿No trata acaso de aquello el conflicto que nos aqueja, de dos paradigmas culturales que no dialogan y que no terminan de encontrarse? La incomprensión winka del mundo mapuche, de sus códigos culturales y protocolos, es parte del problema que tenemos en Wallmapu. Y también, tal vez solo con menor conflictividad, en el norte aymara y en el sur kaweskar. ¿Cómo no va a hacer útil dotar a las nuevas generaciones de herramientas que permitan la comprensión mutua?

Segundo, no es para nada excluyente el mapuzugun con la enseñanza de una lengua foránea como el inglés. Yo al menos nunca lo he planteado así. Pasa que el autor tiene razón, vivimos en un mundo globalizado y cada día más interconectado. Donde se equivoca es cuando pretende homologar globalización con hegemonia cultural del inglés. Un par de lecturas le ayudarían a comprender que si algo ha provocado la globalización mundial (en su faceta económica y sobre todo cultural) es el reforzamiento de las identidades locales, es decir, todo lo contrario a la uniformidad anglosajona que su carta pareciera pregonar.


En un segundo punto su autor cuestiona nuestro carácter de “pueblo originario” repitiendo la vieja tesis de “los mapuche llegaron de Argentina” que acuñó hace más de medio siglo el etnólogo Ricardo Latcham, hoy desechada por la academia.

Pensar global, actuar local. He allí la gran máxima de los tiempos actuales. Y es que en un mundo cada vez más “integrado” es la diferencia lo que en verdad se valora. Sucede en todo orden de cosas, también en los negocios. De allí las marca-país, las denominaciones de origen y los sellos de calidad para productos con “identidad” local. Es algo que de a poco los empresarios chilenos han ido comprendiendo; el potencial de un Wallmapu con una cultura y una cosmovisión mapuche única en el planeta. Y que está viva, junto con su maravillosa y poética lengua originaria. Quién no vea allí una oportunidad para emprender, para innovar, para destacar su producto del resto, ciego está.

Pero la carta va más allá. En un segundo punto su autor cuestiona nuestro carácter de “pueblo originario” repitiendo la vieja tesis de “los mapuche llegaron de Argentina” que acuñó hace más de medio siglo el etnólogo Ricardo Latcham, hoy desechada por la academia. Lo simpático es que en Argentina dicen todo lo contrario; que los mapuche llegaron “invadiendo desde Chile”. Plop!, diría Condorito. Seamos claros, existe una larga historia mapuche en ambos lados de la cordillera, muy anterior a la formación de los Estados. Lo explico de manera pedagógica en Historia secreta mapuche, libro escrito para que las nuevas generaciones, en lo posible, no repitan las mismas barbaridades.

Un último comentario.

Si extremamos el argumento por supuesto que la especie humana llegó de algún lado a este bello rincón del mundo. Es lo que explican las diversas teorias del poblamiento americano. En lo personal me inclino por el estrecho de Bering, habilitado como paso de nuestros ancestros desde Siberia en la última glaciación. Mis viajes por Canadá, Estados Unidos, México y gran parte de Latinoamérica me han convencido que los pueblos indígenas somos familia desde Alaska a Karukinká. Primos, cuando menos. Si, los seres humanos no son originarios de América. Y si hilamos fino puede que tampoco lo seamos de Asia, Europa y ni siquiera de Africa.

“Somos hijos de las estrellas”, escuché decir cuando niño a mi abuelo en la comunidad. Aquello es lo que creemos los mapuche, que todos somos hijos e hijas del cosmos. Mi abuelo lo explicaba siempre en mapuzugun, lengua que encierra una sabiduría ancestral y profunda. El mapuzugun, nos enseñaba, es una lengua creada no solo para comunicarnos entre los mapuche; es también una herramienta para interactuar con aquellos seres, con aquellas energías, con aquellas fuerzas que cohabitan con nosotros esta gran nave espacial que llamamos planeta Tierra. De allí su nombre compuesto; mapu-zugun. El habla de la tierra.

Es esta lengua maravillosa y enigmática la que hoy los mapuche queremos compartir con todos ustedes. ¿Nos van a respaldar o también les parece una asignatura poco útil para sus hijos?




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