• Pedro Cayuqueo

Un baño de realidad

El aplastante triunfo del rechazo en las regiones del sur abre una serie de interrogantes. En esta columna intentamos arrojar luces sobre ello y lo principal recoger valiosas lecciones.



Me preguntan por los resultados del plebiscito, en especial en las regiones de Araucanía y Biobío. En ambas, como es sabido, el rechazo se impuso por aplastante mayoría el pasado domingo. Las interpretaciones dan para todo. Desde aquellos que sostienen que los mapuche se consideran más chilenos que los porotos a otros que, extremando el argumento, señalan que plurinacionalidad y otras demandas sólo serían ocurrencia de un puñado de intelectuales ñuñoinos desconectados del mundo real. No faltó quién, desde un alto cargo gubernamental, responsabilizó a los propios mapuche de no entender el sabio texto constitucional que se les propuso.

Primero un dato estadístico: la población mapuche es minoría demográfica (y por tanto minoría electoral) en la Araucanía y más aún en Biobío. Contrario a lo que se cree, el grueso de nuestra población reside en las regiones Metropolitana y de Valparaíso, no en Wallmapu. De hecho, hay más mapuche en la Región Metropolitana (614.881) que en la Araucanía (314.174) y el Biobío (178.723) juntos. No es por tanto el voto mapuche el principal responsable de la (histórica) tendencia de aquel voto regional. Si en la Araucanía gana la derecha es porque una mayoría electoral vota derecha. Y culpar a la minoría demográfica de ser la mayoría electoral es un despropósito. Los números simplemente no dan.

Lo sé, ello no explica que sucedió en comunas donde el porcentaje de población y de votantes mapuche si es mayor a los no indígenas, como Saavedra, Cholchol, Tirúa o Alto Biobio. Allí el rechazo también arrasó en el plebiscito y con porcentajes francamente sorprendentes. En este punto el análisis exige un necesario y a ratos doloroso baño de realidad. Hay un porcentaje de la población mapuche que o bien no vota —el conflicto territorial ha desencantado a muchas comunidades con la vía político institucional— o bien lo hace como clientela electoral de aquellas fuerzas que impulsaron muy efectivamente la opción del rechazo. Consta que aquello sucedió con el mundo mapuche y campesino evangélico. Masivamente.

En el caso de quienes sí votan: ¿Se oponen estos mapuche al avanzado catálogo de derechos indígenas que consagraba el texto constitucional o más bien al aborto como predicaron sus pastores? ¿Se opusieron los aymarás de Colchane y de Ollague a la justicia indígena, ya existente en la zona andina de Perú y Bolivia, o más bien al caos migratorio que acusó el rechazo posibilitaría el nuevo texto constitucional? No hay forma de saberlo, no son datos que recoja la elección o que estén disponibles en el Servel. Se requerirán estudios de comportamiento electoral indígena —ahora que lo pienso casi inexistentes— para hilar más fino en esta y otras interpretaciones. Mientras ello no suceda, todo elucubración.

Luego, la propuesta emanada de los escaños reservados, ¿fue lo suficientemente difundida y socializada al mundo indígena? Me temo que no y allí el segundo baño de realidad: no a todos los mapuche le interesan las reivindicaciones indígenas y es probable que vivienda, salud y pensiones sean derechos mucho más apremiantes en su vida cotidiana, en especial en zonas rurales y de la periferia urbana muy por debajo de la línea de pobreza. De allí que el temor a "perder la casa" haya sido quizás mucho más determinante a la hora de votar rechazo en el plebiscito. Sí, mucho más que la plurinacionalidad o el pluralismo jurídico, propuestas que tal vez nunca comprendieron o de las cuales ni siquiera llegaron a enterarse.


La porfiada realidad obliga a quienes apostamos por el camino constituyente a ser innovadores en los discursos, creativos en las formas y sobre todo cultivar siempre una vocación de mayoría, ya que con votos y no con declaraciones altisonantes se ganan las elecciones y los plebiscitos.

Allí otro dato de la realidad. No toda la población mapuche, más de un millón y medio de personas según el último censo, adhiere a la llamada "causa indígena" y sus diversas estrategias reivindicativas que van desde lo institucional a la resistencia armada. Es más, así lo refleja el Centro de Estudios Públicos, un alto porcentaje reconoce sentirse mapuche y chileno a la vez, además de contrario a la violencia, opinión en perfecta sintonía con valores culturales muy arraigados en nuestra sociedad. El diálogo y el respeto entre las personas, dos de ellos. ¿Cuánto incidieron las oleadas de atentados incendiarios acontecidas en las regiones del sur en el aplastante triunfo del rechazo? No lo sabemos, pero es dable suponer que bastante. El miedo y la rabia siempre han movilizado votos.

Pero no podemos culpar de todo al empedrado, sean estas las fake news o el actuar de aquellos grupos que nunca comulgaron con esta vía institucional, democrática y pacífica. ¿Qué grado de responsabilidad le cabe a la propia Convención y en particular a los convencionales indígenas en este fracaso? ¿Hicieron correcta lectura de la cultura pública chilena? ¿Pecaron de maximalismo con la plurinacionalidad y los sistemas de justicia indígena, hipotecando con ello un reconocimiento constitucional pendiente desde 1990? Todo indica que sí. Lo sé, a veces hay que pedir lo imposible para lograr lo posible, es la regla número uno de cualquier negociación. Pero en una Convención culposa y protoindigenista lo imposible se volvió posible y ello creo pavimentó el camino a la debacle. El tejo se pasó varios pueblos.

Lo acontecido con la plurinacionalidad ilustra el punto.

Muchos defendimos su inclusión en el texto y valoramos el salto gigantesco que suponía para Chile: pasar del último lugar continental en lo relativo a reconocimiento de derechos indígenas a ocupar un sitial de vanguardia a nivel mundial. Bonito en el papel, sublime. El tiro, sin embargo, salió olímpicamente por la culata. Ante una sociedad chilena conservadora y formateada durante dos siglos en la idea del estado-nación, la oposición a la plurinacionalidad se transformó en una de las municiones electorales más letales del rechazo. Sí, era necesario debatir de ello en la Convención, correr el cerco en lo referido a qué entendemos por identidad nacional. Pero quizás no más que eso. Son lecciones que no debemos olvidar.

La porfiada realidad obliga a quienes apostamos por el camino constituyente a ser innovadores en los discursos, creativos en las formas y sobre todo cultivar siempre una vocación de mayoría, ya que con votos y no con declaraciones altisonantes se ganan las elecciones y los plebiscitos. Muchos aprendizajes deja sin duda esta elección y serán claves para que los derechos de los pueblos indígenas puedan, de una vez por todas, encontrar cauce institucional en el nuevo proceso constituyente que se avecina. Para ello necesitamos que los chilenos vean en nuestro ascenso una oportunidad, no una amenaza a sus derechos o a su propia alma nacional. Entender esto último créanme que es clave. Aceptarlo, estratégico.

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